8 dic. 2016

El loco la picó

Era innecesario. La patadita de atrás estuvo de más. Es cierto que el flaco se le iba por enésima vez y que contaba en su haber con dos caños y una pisada como la de Pereira contra los alemanes, pero nada iba a cambiar el resultado. A lo sumo podía evitar un gol más, la lotería, que les llenaran la canasta.

El toque fue sutil. Como un mimo. Casi cariñoso. Su botín izquierdo tocando un pie del flaco dribleador, un puntero de los de antes con un cohete entre las patas. El roce fue bastante suave, a diferencia del revolcón.

Después fue todo una nube. Primero una nube de polvo por la caída en aquella cancha pelada y reseca. Después una nube de palabras, improperios, insultos varios y empujones entre jugadores que vestían dos camisetas distintas. Entonces un escupitajo, una piña, dos, tres, veinticinco, patadas, corridas, zancadillas como boleadoras, aterrizajes forzosos, leña del árbol caído.

El loco la picó. Al pedo. Mal. Porque no hay faul que valga una generala, un labio roto, un ojo en compota, una calentura masiva.

Hasta sus compañeros le dijeron, después de hacerle el aguante a guantazo limpio, que le había errado el bizcochazo. Que sabido es que hay patadas justificadas, suelazos más que válidos, pero con cierto criterio, que tocar de atrás a alguien en carrera es lío seguro.

Que mejor hubiera sido un codo en un corner, un tranque resbaladizo dejando la pierna hasta donde se dobla la media, una buena pisada al descuido en el centro del empeine. Pero tocarlo así de atrás no, que eso lo había visto hasta el ciego de 18 de Julio y Yaguarón, que le pareció grosero al mismísimo Cucuzú pasado de copas, que no lo iba a defender ni un abogado de oficio y que tenía que pagar varias cervezas para subsanar medianamente la cagada.

El problema es que todos pensaron que aquello era fútbol, que era una acción de juego a partir del desarrollo del propio juego.

Sin embargo, el fútbol es mucho más que un deporte colectivo con dos cuadros, una cancha y una pelota. Es más que sabido. El fútbol es parte de la vida. Como es parte de la vida que tu mujer te meta los cuernos, que te echen del laburo, que estés caliente por no llegar a fin de mes o que te coma la rutina.

Entonces claro, el flaco te hace un caño, otro, te la pisa como Pereira a los teutones en su casa, se te va por enésima vez y ya no es el flaco, es tu jermu, tu jefe, la cuenta de la luz que se va al carajo en invierno, el hijo de puta del vecino que pone la música al mango a cualquier hora, el ómnibus repleto a la vuelta del trabajo, mil cosas, la vida misma.

Y el flaco otra vez una pisada, un enganche, un amague, una pared, entonces no le pegás al flaco, rozás la rutina, acariciás la vida, como zonceando, sin brusquedad, una palmada casi, un tirón de oreja, un “aflojale” al vecino, una expresión de deseo, un “ojalá esto cambie”, que achique un poco, el flaco y la vida, sin maldad, casi con cariño pero sin pedir permiso, una tregua, un minuto de tiempo como en el básquetbol, una siesta sin discutir, un aguinaldo que no esté comprometido, una botella de agua en medio del partido cuando hay un sol del carajo, una bocanada de aire mientras la pelota anda lejos, algo equivalente al breve instante en que se recupera la pisada después del revolcón de una ola en alguna playa de Rocha.


Porque él bien sabe que si mañana se lo llegara a encontrar en el ómnibus camino al trabajo le explicaría, le pediría un sentido perdón y el flaco lo entendería. Le daría la mano, porque las cosas que pasan adentro de una cancha de fútbol quedan ahí, en el rectángulo de cal, a diferencia de las cosas de la vida, que pasan de un lado a otro de la línea blanca sin pedir permiso, sin decir agua va y de repente tocan el tobillo de un flaco que no tiene nada que ver, salvo los caños y las pisadas, entonces se arma el borbollón, la trifulca, el entrevero patrio, los golpes, la vida misma y ahí no arrugue que no hay quien planche.

22 oct. 2016

Ramblear

Ramblear (derivado de Rambla): Disfrutar de la rambla montevideana. Estar o pasear por dicho paseo marítimo; particularmente en compañía y tomando mate o cerveza.

30 ago. 2016

Donde no hay nadie

Para ordenar la cabeza tenía que ordenar antes las cosas. No había otra forma. Nunca la hubo. Primero lo primero. Orden requieren las cosas. Lo secundario antes que lo primario.

Para que la cabeza se dedique a lo trascendente debían estar todos los objetos en su lugar. Y los objetos, es decir las cosas, era muchos, en cantidad y calidad. Cosas guardadas, libros terminados, papeles transcriptos. Demasiado para uno solo, para una jornada normal o varias.

Hay que aprender a deshojar la margarita. De una buena vez. Y apagar las luces de las habitaciones donde no hay nadie.

Ardilla ardilla


Como ardilla corriendo en la rueda. Ardilla en su habitáculo. Ardilla. Contar minutos, quemar calorías. Ardilla. Contar calorías, quemar minutos. Transpirar un poco, sumar minutos y calorías. La ardillita corre en su ruedita. Ardilla. Sudar bastante, cansarse, ocupar el cuerpo y la mente. Ardilla que corre. Mente en blanco, mente taponada o mente que piensa. Segundos, minutos, horas. Metros, cuadras, kilómetros. Ardilla piensa bellota. Ardilla, bellota, cuerpo. Ardilla corre. Calorías, minutos, kilómetros. Ardilla se agota. Tirarse a descansar. Ducha, whisky, relax y chau. La ardillita corre en su ruedita. Correr. Correr. Ardilla. Correr. Correr. Cansancio. Meta cumplida. Ardilla hecha sopa. Premio y descanso. Bebida para ardillas. Almohada para ardillas. Despertador, ropa, café, puerta. Arriba, ardilla.



El hombre iba apurado, camino al trabajo. Despertador, ducha, café y a la lleca. A diario el mismo camino, los mismos pasos. En su apuro cotidiano, a cuadra y media de la boca del metro, tuvo que desacelerar mínimamente su andar. Pero casi nada. Apenas una fracción de segundo. Sólo hacer un paso más corto y refrenado para evitar colisonar con una mujer que venía caminando noventa grados a babor.

Con esa minúscula variación evitó el choque. Mentalmente se felicitó por la precisión, pero luego no tanto. Enseguida una sensación extraña, algo así como un deja-vú, pero en verdad era un recuerdo. Simple e imborrable.

Algunos pasos después el hombre recordó. El día anterior, mismo horario, misma esquina, misma mujer, mismo gesto ínfimo de desacelerar el paso para evitar, casi milimétricamente, el mismo choque.

Ardilla.

Ardilla.

30 jun. 2016

Definición de felicidad

Felicidad
dos puntos
estar con ustedes

26 jun. 2016

Oportunidad perdida


-Soy la creadora de este planeta y sé de extraterresteres- dijo la voz del otro lado del teléfono. La sorpresa se hizo silencio de un par de segundos.
-Señora... por favor.
-No, es en serio- insistió ella.
-Señora...
-Se lo juro que es verdad, puedo contarle muchas cosas.
-Gracias por llamar.

25 jun. 2016

Ola

Como cuando viene una ola grande e inesperada y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca, interminable y te revuelca, casi ahogado y te revuelca, casi muerto y te revuelca, sin piedad y te revuelca. Así, más o menos así, es tu adiós.

4 ago. 2015

Etés

Los extraterrestres
en realidad
son fantasmas graciosos

los chistosos de la clase
que juegan con nosotros
y se hacen pasar
por seres de otro planeta

 o viceversa

capaz

los verdaderos extraterrestres
son eso
literalmente
precisamente
eso
que dice la palabra que los nombra

seres fuera de este planeta
de nosotros
de este tiempo

son unos fantasmas
los extraterrestres

17 abr. 2014

Cielito buzón

Corría el año catorce
la gran guerra comenzaba
y un quince de febrero
la naranja bostezaba

Ay cielo, cielito que sí
cielo de un bar de antaño
donde un día nació la IASA
acodada en el estaño

Sud América fue el nombre
y buzón tocó de mote
esto por la camiseta
que fue medio de rebote

Cielito de mandarina
cielo ocaso despacito
como Holanda y Cobreloa
o yema de huevo frito

Dicen que no había otra tela
y tocó el color en gracia
vaya suerte que tuviste
camiseta de la IASA

Cielo viejo, cielo nuevo
cielito de Villa Muñoz
el barrio tuvo su cuadro
y el cuadro tuvo su voz

Bandera con corners negros
bandera de piel naranja
es la más linda de todas
las que se ven en la cancha

Cielito soy de la IASA
ay cielo de puro pedo
por culpa del tío Pablo
que era amigo del golero

Recuerdo un ómnibus viejo
algo el camino de entrada
y si fuerzo la memoria
no me acuerdo de más nada

Cielito del Parque Rodó
cielito hasta el Parque Fossa
el ciento noventa y nueve
para ver a la gloriosa

Así como uno fue y vino
el cuadro subió y bajó
los años fueron pasando
y la naranja subsistió

Cielito cielo que sí
ay cielo de los buzones
en la tribuna alguien grita
quiero goles, quiero goles

Con un siglo de existencia
la IASA volvió a primera
veremos cuanto nos dura
este sueño en la catrera

Cielito digo que no
cielo no a la terrajada
la camiseta es sin franjas
y todita anaranjada

Si un día no deseado
toca fútbol sabatino
tortafritas en el Fortín
y después un rico vino

Allá va cielo y más cielo
cielito en la retirada
ya se termina la tinta
y se acaba la pavada

Que viva la naranjita
que aguanten los corazones
pobres ricos poderosos
vamo' arriba los buzones

17 may. 2013

Alegría


-¡Qué alegría volver a verte!- dijo el muchacho en voz baja. La morocha que estaba sentada a su lado, que no se había ubicado ahí por casualidad, sonrió al sentirse destinataria de la frase.
Unos metros más adelante la pelota naranja voló al aire. La camiseta rojiblanca estaba en cancha. Un nuevo campeonato; la esperanza de siempre.  

6 abr. 2013

Fue


Por lo demás, todo bien. No existió la insoportable calentura de siempre por buscarlas veinte veces sin que aparezcan por ningún lado. Metí la mano en la mochila y agarré las llaves de primera. Los gurises de enfrente no estaban armando quilombo, como de costumbre. Al llegar a la puerta de casa noté que el vecindario estaba tranquilo. La temperatura era agradable para caminar. Volviendo del trabajo no me detuvieron demasiados semáforos. Hoy fue un día de suerte.

24 nov. 2012

Hospital Maciel


-¿Le juego una carrera?- le dijo cuando se encontraron frente a frente en el pasillo del hospital.
-Mmmm…
El desafiado no estuvo seguro de la idea, así que guardó silencio.
-¡El que gana se lleva el bastón del otro!- dijo el primero volviendo más interesante el asunto.
El desafiado siguió avanzando. Esbozó una sonrisa cuando se cruzaron, pero no aceptó la apuesta. Lentamente se fue alejando, apoyado en un reluciente bastón canadiense.
El otro, el desafiante, el divertido, también continuó su camino, apoyado en un viejo y gastado bastón de madera; sonriendo por la picardía o frustrado por la negativa.

25 ago. 2012

Lunufar

Lunufar (de la expresión: ¡ufa, mañana es lunes!): Protestar porque se termina el fin de semana y al día siguiente hay que volver a trabajar o estudiar. Por extensión, cualquier manifestación realizada en ese mismo sentido, aunque no necesariamente un domingo (por ejemplo un feriado o el último día de las vacaciones).

6 dic. 2011

Orden

Alguien hunde su mano en un tarro de basura

revuelve
busca
y encuentra

consigue su alimento

A su lado pasan dos policías

conversan
caminan

no hay nada que hacer
todo está en orden

conversamos
caminamos

27 sep. 2011

El perro pararrayos

Según cierta tradición popular, cuando un rayo se aproxima a la tierra y tiene como únicas opciones un perro y un niño, se decanta por el que tiene rabo. Pero en ocasiones el perro es ágil y le dan los reflejos para esconderse, por lo cual los árboles quedan como quedan.

17 sep. 2011

Berch

Berch Domenech come un sándwich mientras escucha un disco de Valeria Lynch. En la pared tiene un viejo póster de Telematch pegado con cinta scotch junto a un reloj con la hora de Greenwich. Mientras come, piensa y prepara un speech para un lunch. Contará que soñó con un indio pech medio poch que lucía un maquech y se creía zarevich porque tenía un capararoch por mascota atado a un inmenso crómlech. Berch se distrae imaginando a la mina de Baywatch con una camiseta apretada del Bayern Munich. Se da cuenta que es too much entonces toma flores de Bach para llegar mejor al lunch. Posiblemente, Berch es kitsch.

16 sep. 2011

Geoanagramas III

MALAGA, la maga
MONTEVIDEO / Te vi demonio
BARCELONA, no le cabrá.
LORCA = calor
ESTOCOLMO- Temo locos; se coló Tom.
Solo OSLO
Pisar PARIS
GRANADA agranda
Grapa PRAGA
Ok, tío… TOKIO
Labios LISBOA
MEDITERRANEO: tierra de Nemo.

8 sep. 2011

Erre lo erre

-Estamos rallando lo inrayable.
-¿De qué hablas, Willis?
-Que con tus sinapsis defectuosas estamos llegando al límite tolerable de la pavada.
-Te entiendo.
-¿Entonces? ¿Qué pensás hacer?
-Fideos solos no como. Vos hacé lo que quieras.

17 ago. 2011

Otra velita

De nuevo cumpleaños y la pelota en la casa de doña María. Tiempo de hacer balances, soplar velitas y soportar tirones de oreja. Entonces uno se pregunta qué aprendió hasta ahora. Las preguntas se repiten y mecánicamente las respuestas también.
Nombre antiguo de la nota musical do: ut. Llevar a remolque una nave por medio de un cabo: atoar. Carbón hecho con huesos de aceituna: erraj. Matrícula de Mozambique: Moc. Ría de Galicia: Erosa. Ciudad de Caldea: Ur. Río suizo: Aar. Tierra sin cultivar ni labrar: erial. Ternero menor de dos años: eral. Disco heráldico en los escudos: roel. Departamento de Francia: Ain. Bóvido extinto o bisonte extinguido: uro. Indio de Tierra del Fuego: ona. Islote del Mediterráneo: If. Rutherfordio: Rt. Wolframio: W. Río de Siberia: Obi. Antigua lengua provenzal:oc. Ave trepadora americana: ani. Piojo de las gallinas: ina. Padre de Matusalén: Enoc.
Entonces uno concluye que por más limitado que sea, todos los años se aprende algo. La de los indios de Tierra del Fuego al menos.

5 ago. 2011

Zambullida bolada

El ascensor no funcionaba y terminó llegando al subsuelo donde estaba la parte de la cocina del hotel donde quedaban a la vista todos los recipientes con los restos de la comida. Un asco. Como no podía salir de ahí en ascensor fui subiendo por las escaleras sucias. Me crucé con un par de pubs decadentes (que ahora recuerdo con total definición pero no vienen al caso o sí pero se iría para largo la cosa y eso no es lo mejor ahora). Después atravesé sin detenerme un patio decorado en estilo navideño, con sencillas escaleras de chapa adornadas a tono, pero todo esto vacío y sin gente. El pub con un único cliente. Con un cantante o músico actuando. Escena decadente de película igual. Luego de otra escalera voy a dar a un patio donde había un guacho que me pedía hojillas para armar. Atrás de él había una piscina. Grande. Profunda. Clara. Espectacular. Impactante. Un rectángulo enorme y del otro lado se veía el salón principal del hotel, en el primer piso. Me zambullí y lo sentí tal cual. Entré perfecto. En línea recta. Mis poros sintieron el agua. Respiré. Me desperté abajo del agua. O sea que me tiré durmiendo y me despertó el chapuzón. Estoy seguro de eso. Fue lo que sentí. Comencé a subir abrir los ojos respirar despertarme odiar estar en una cama calentita en invierno y no en una piscina inmensa incomparable vacía de un hotel inexistente una tarde en que llegaba tarde al doctor que tenía a las 15 y eran 15 menos 5 y yo estaba ahí dando vueltas en el hotel, subiendo en un ascensor que nunca terminaba de subir. En unos minutos mojando todo, apurado, para no llegar tan tarde. Cambiándome velozmente en la pieza. En seguida el ascensor subía desde recepción menos 10, un humilde servidor tomando una cerveza negra de 330 y escuchando música y mirándome en el espejo, pero el ascensor no funcionó y siguió hasta el último piso que estaría en la eternidad por lo que demoró y la velocidad que agarró. El sueño recurrente del vértigo. O sea subir muchísimo más de lo deseado y soportable en un ascensor de mierda. Que esta vez no frenó en el tercero como debía ni en el cuarto ni en el quinto ni en el sexto y en otros que no existían porque ya no había más pisos y seguía subiendo, hasta que empezó a bajar y yo tocando el 6, el 5, el 4, el 3 y nada. Pensando en volver a recepción y explicarles quejarme culparlos de mi demora previsible hace rato pero no tanto con esto del ascensor y de paso putearlos por el mal rato, pero nones, siguió bajando un par de pisos más allá de la recepción, no a ritmo de crónica roja ni accidente que va a verse a las siete y poco en los informativos, simplemente bajando como cualquier ascensor con la diferencia de que se abrió una sola vez, cuanto tuvo ganas, es decir al llegar lo más abajo posible, en una habitación sucia e inmunda que resultaba ser la peor parte de la cocina de un gran hotel. Me desperté y como tantas veces sentí ganas de ir al baño, pero en invierno qué molestia vestirse, calzarse, mucho frío este invierno, mucho gélido, demasiado, pero no había otra así que fuí y aproveché para enjuagarme la boca, refrescarme, beber agua, enjuagarme la sequedad y me vinieron unas ganas hermosas de escribir un sueño, contarlo tal cual, bien fresquito él, al menos este que sí me acuerdo y se puede, este que terminó en zambullida, que tal vez fuera sugerido por el agua de la piscina o por el pichí que golpeaba la puerta o la sed que clamaba y a seguir después durmiendo aunque pase un ómnibus ruidoso que por la poca luz que entró al cuarto todavía falta un rato para la hora de levantarse y hay que aprovechar la bolada.

1 jun. 2011

La inzoolación

Cuando la muchacha de la panadería vio que por la vereda iba un coatí se sorprendió, pero no tanto como para dejar de despachar a la señora que le había pedido docena y media de bizcochos la mayoría salados. Cuando un leopardo muy manso se paró en la puerta, sí. Ahí pegó un grito de esos que uno no sabe que tiene.
El felino la miró sin el menor apuro. Hociqueó un instante y avanzó un par de pasos. Con la cabeza despejó las cintas plásticas multicolores que colgaban del marco de la puerta. La señora de los bizcochos dejó caer el abanico que llevaba en sus manos y empezó a persignarse a medida que su rostro iba adquiriendo una tonalidad similar a la del papel de calco. Luego de medio minutos de mutua contemplación el leopardo giró más o menos 180 grados y retomó su paseo por la acera sur de la avenida.
La muchacha y la señora se miraron sin entender nada. Asustadas, pero mucho menos que unos segundos antes. Transcurrió un minuto eterno, entonces la más joven se animó a caminar la distancia que la separaba de la puerta y se asomó. La valiente señora la siguió un paso detrás; se le pegó al cuerpo cuando sus ojos no podían dar crédito a lo que veían.
Por allá un tucán volaba alejándose en dirección noreste. Una pareja de rinocerontes iba trotando a mitad de cuadra, a la altura de la ferretería, de donde acababa de salir un carpincho.
Sin animarse a poner su auto en marcha, un señor gordo cuarentón presenciaba azorado, sudoroso y cagado hasta las patas, cómo un león husmeaba la ventana de la puerta del o la acompañante. A lo lejos papá jirafa, mamá jirafa y la jirafita comían hojas de un árbol muy alto y viejo.
El kiosquero era otro que rezaba. Aunque lo suyo no era para tanto. Metro y medio hacia su derecha un avestruz miraba extrañado el expositor de revistas repleto de culos y tetas despampanantes, que se correspondían cien por ciento con la definición que da el diccionario del adjetivo antedicho.
Algo más allá, en mitad del asfalto, un ómnibus intentaba poner distancia con el elefante que tenía al lado. Pero lento. Muy lento. Cosa que el animal no fuera a molestarse ni ponerse nervioso como la señora de los bizcochos, que raudamente salió de la panadería para meterse en su edificio pero la jugada le salió mal, pues una anaconda de casi seis metros de longuitud se le interponía en el acceso. O sea que nerviosa como pocas enfiló hacia atrás y antes de regresar a la panadería arrojó la bolsa de bizcochos para entretener al par de cebras que se venía acercando.
Desde un balcón de la vereda de enfrente un muchacho y un niño -presumiblemente hermanos- observaban extrañados y divertidos cómo un pequeño koala avanzaba por el centro del pavimento, seguido de una hiena y cuatro flamencos.
El hipopótamo se entretenía golpeando la parada de ómnibus, moviéndole el piso a un par de lechuzas que desde allí seguían los acontecimientos. Diez o quince metros más allá unos mandriles se empachaban de maní y garrapiñada, mientras un grupito de monos tití atacaban las decenas de bolsitas que el caramelero había dejado en su rauda huída.
La puerta del zoológico estaba transitada, aunque nadie pagaba entrada. Más bien nadie entraba. Todos salían. Animales más que nada. El boletero guarecido en su puesto hacía todo lo posible para que nadie notaran su presencia. Hacía todo lo posible. Es decir nada. Sólo miraba para registrar en su mente lo que estaba ocurriendo.
A los 20 minutos apareció un chimpancé portando el llavero que tenía las llaves de todas las celdas. Cosa que debería tener y cuidar el guardián. Como si fuera oro. Ese y todos los días. Aunque llueva o truene. Aunque haga un calor de morirse. A toda hora. Mañana o tarde. O pleno mediodía como era el caso. De una jornada bochornosa como era el caso. En la que el despertador no había sonado y el guardián salió de su casa a las apuradas, sin percatarse que se olvidaba del gorro que le protegía la calvicie prominente.
Justo ese día. Plena canícula. Terrible calor. Un sol que rajaba la tierra. Pero el trabajo es lo primero. A pesar del calor. A pesar del dolor de cabeza, el sopor y la piel hirviendo. A pesar de las náuseas y los vómitos, aunque para entonces el guardián entendía poco y nada.
Luego fueron las convulsiones, el corazón y el golpe contra el piso. Y después el chimpancé, que de tanto ver todos los días lo mismo, tenía claro para qué servía ese montón de fierritos.

30 abr. 2011

El gato desapareció cuando vino el circo

El gato desapareció cuando vino el circo. Las monedas cuando levantaron el plato sin ñoquis. La Atlántida cuando subió la marea. La lapicera Parker cuando invitamos al cleptómano de tu hermano. El marido de tu hermana cuando ella se enteró que era una cornuda. El charlatán cuando las papas queman. El Barrio Sur cuando vino la piqueta fatal del progreso. La merca cuando alguno vio que quedaba poca. Una parte de Hiroshima cuando cayó la bomba. Los de la mosqueta cuando divisaron un patrullero. El café cuando quise darme cuenta. La ilusión cuando pitó el juez. El circo cuando se acabaron los gatos.

25 feb. 2011

El niñochancho

Había una vez un niño muy pero muy cochino, que de tan cochino terminó siendo cochino un poco y el resto niño. Más o menos mitad y mitad. El tema es que no aprendió la lección. No escarmentó y siguió siendo terriblemente cochino hasta el punto de convertirse en cochino casi del todo. Entonces de niño sólo le quedó el nombre y unas ganas locas de hacer castillos de arena en la playa cuando iba con sus dos hermanos.
Pero con las manos de cochino que le salieron -si se les puede llamar así- llegó un día en que no podía agarrar bien la pala ni el rastrillo ni el balde de plástico. Mucho menos los moldes con forma de caballito y estrella de mar que tanto le gustaban. Amén que mientras pasaba las de Caín intentando asir la pala, las demás personas que había en la playa lo observaban como un bicho raro, como si nunca hubieran visto un hombre lobo, un tigrón o un ligre, que es muy parecido al tigrón.
Recién ahí el niño ya no tan niño se arrepintió de ser tan cochino tan chancho. Se arrepintió de no cortarse las uñas, lavarse las manos, mojarse la cara, cepillarse los dientes, atarse la moña, peinarse para un costado, peinarse para la foto y todas esas cosas de niño limpio que puede jugar en la playa con pala, rastrillo, balde de plástico, moldes con forma de caballito y estrella de mar para después recuperar energías merendando leche con cocoa y galletitas con dulce de membrillo.
Por sucio se había transformado en un (casi casi) completo cochino. Un (casi) verdadero chancho. Y ocurrió que a los ocho años de edad, un soleado domingo 11 de noviembre, en lugar de ir al Parque Rodó a andar en la rueda gigante terminó pasado a cuchillo para ser en parte chorizo, en parte costillita de cerdo, en parte panceta y todo así. Cero desperdicio. Exquisito, para qué negarlo. Algo que años atrás no era la idea de su adorable padre ni de su santa madre, pero como bien sabemos, a todo niñochancho le llega la fecha que indica el santoral y donde manda capitán no manda marinero.

13 nov. 2010

La cura y la enfermedad

Algunos quieren
pero no pueden
tapar el sol con las manos
y en su intento
sacrifican países
vidas
recursos
tiempo
muchas vidas
cada vez más

incluso negocian
se ensucian
maquillan
se dejan corromper
o juegan a dos puntas
son partes de la farsa
de la ilegalidad
que tanto conviene

En el mejor de los casos
si es que son honestos
son cómplices
de la sangre
y del sinsentido
que quieren imponer

nueva ley seca
militarizada
multimillonaria
con tantos ceros dando vuelta
la tajada
debe ser grande

Todo
por intentar un imposible
nueva ley seca
tapar el sol con las manos
con las armas
con la sangre
con millones
que aumentan las ganancias
de los que están en el negocio

exceptuando
claro está
los que pierden
que son los mismos
de ambos lados
otra vez
pobres uniformados
pobres de riqueza efímera
de poder pasajero
pobres que ponen
lo principal del negocio

Una vez más
se repite la piedra

la cura
sigue siendo peor
mucho peor
que la enfermedad

y la sangre
siempre es la misma

5 nov. 2010

Sopa de letras

Con frío es mucho mejor, pensaba el señor a la vez que dirigía una tras otra cucharada de sopa caliente hacia su boca. Cenar algo con bastantes centígrados en invierno siempre es gran cosa. Más si el caldo está rico y en él flotan unas simpáticas letritas amarillentas de un centímetro de largo por medio de ancho.
El problema no fue la sal, ni la carne que acompañaba la preparación, sino lo que vino a pasar después; mientras el hombre sorbía sin demora para que no se enfriase el contenido de cada cuchara en particular, ni el del plato en general.
Una vez dentro, las letras se juntaron y acomodaron de cualquier manera. Primero en la boca formando un monosílabo a las apuradas. Más adelante una palabra de mayor extensión en la garganta -que se presta para eso-. Ya en el estómago alguna que otra frase.
Pero hete aquí que el hombre no era muy letrado, así como tampoco las letras eran muy organizadas. Por lo tanto el contenido fideístico del plato de sopa caliente terminó siendo un texto sin sentido. Malo. Incongruente. Con errores de sintaxis y faltas de hortografía peores que las de gurí chico que presta cero atención en clase. O sea que si bien la sopa estaba rica rica, al rato terminó siendo una cagada.

...

A pesar de la experiencia vivida al señor le seguía gustando la sopa. Como el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra e incluso está eso de que al que no le gusta sopa, dos platos, sucedió que la noche siguiente, como hacía más frío que el día anterior y la sopa caliente es buena, el señor en cuestión, pasando por alto lo ocurrido 24 horas atrás, prendió la hornalla más chica de la cocina y recalentó la sopa que había sobrado.
Cuando estuvo humeante, apagó el fuego y se sirvió un buen plato. Ésta vez el comensal sorbió más despacio, con cuchadadas menos llenas, intentando no repetir lo ocurrido la noche previa.
Fue acertado el cálculo del hombre, pues las letras primero y las palabras después se fueron juntando de una forma muy destacada, lo cual hizo que el hombre quedara orgulloso de su plan. A raíz de esto fue y le mostró el resultado a un vecino de confianza, buen lector, experto en literatura tanto nacional como extranjera, tanto contemporánea como clásica y le pareció muy bueno aquello. Con gran alegría el comensal empezó a recorrer el barrio dando la buena nueva de su creación literaria.
En eso estaba cuando al otro vecino -el versado en letras-, le comenzaron a sonar conocidas todas esas palabras que acababa de leer. Así, tal cual estaban. Tan ordenadas. Tan compactas. Tan sin faltas de ortografía. Tan, que cayó en cuenta que aquello le resultaba familiar porque se trataba de unos versos de un gran poeta de otras tierras.
Entonces acusó de plagio a su vecino tomador de sopa y al rato ya se había enterado todo el barrio, que esas noticias es sabido que corren como reguero de pólvora. Incluso la prensa se hizo eco del hecho, pues siempre hay algún espacio para este tipo de sucesos.
En el vecindario nadie lo terminaba de creer. Todos lo tenían por buen vecino: saludaba, sacaba la basura en hora y cruzaba la calle en la esquina. Pero sin duda él lo había hecho. Era culpable. Unos versos muy lindos, pero ajenos.
Sintiéndose siempre observado, el hombre cayó en una depresión y no levantó cabeza. Nunca más compartió sus versos con nadie. Ni tomó sopa. El segundo plato terminó siendo una gran cagada.

18 jul. 2010

La mosquita que no se dejaba matar

Había una vez una mosquita tan pero tan poco mosquita que se escabullía de la mano que quería terminar con ella.
Se ve que a esa mosquita, ni su papá mosquito, ni su mamá mosquita, ni ninguna otra mosquita adulta, le había explicado que como buena mosquita que era se podía escapar una vez, dos, a lo sumo y siendo muy buenos, tres, pero no más. Porque nunca dura tantos intentos de eliminación una verdadera mosquita, ha no ser que no sea una mosquita sino otro tipo de insecto todavía desconocido para los especialistas mundiales en mosquitos y que en verdad no es pero se parece bastante a la mosquita de morondanga que todos conocemos, esa que no dura más de dos intentos, a lo sumo tres.

7 jul. 2010

Cómo fue soñar

Uruguay no será el próximo campeón del mundo. Si alguien hubiera leído esta frase hace algún tiempo no le hubiera generado demasiado. Como mucho sorpresa ante una idea tan absurda.
En verdad no fueron muchos días. Mientras duró el Grupo A era una sensación lejana, aunque no nos podíamos quejar. Es probable que al tercer partido alguno se empezara a ilusionar. Vimos que los cruces posibles podían no ser muy complicados y prendimos una vela.
Luego llegó el turno de Corea del Sur y ahí sí comenzó la ensoñación. Empezamos a creer que los astros podrían estar de nuestro lado. En una de esas se alineaban todos los planetas y quién te dice.
Entonces vino Ghana y ese partido que sabemos de memoria. Desventaja. Empate. Alargue. Penal sobre la hora. Qué pena que termine así. Penal y palo. Penales y fiesta. La avenida 18 de Julio repleta.
Ahí comenzó la parte más febril del sueño, que duró hasta el último segundo del partido frente a Holanda. Horas que se hicieron eternas pero también disfrutables. Había algo celeste que lo teñía todo. Fútbol hasta en la sopa. Nadie habló de otra cosa por varios días. Solo fútbol. Todo celeste. Una esperanza con puntos suspensivos: “y si llegamos hasta acá...”
Ahí pasó lo que pasó. Nos despertaron de tres naranjazos. Se vendió cara la derrota. Les costó, pero se terminó el sueño. Despiertos ahora, los días vuelven a ser como antes. Hoy llueve -por ejemplo-, pero valió la pena.

6 jul. 2010

El ombú

De niños todos queríamos tener una casita en un árbol. Para esto no había nada mejor que un ombú, árbol grande e intrincado si los hay. Por eso cada vez que íbamos al parque aquel ombú era nuestra casa por un rato. Era sin ninguna duda una vivienda muy divertida e inmensa. Mejor imposible. Ser el primer niño en llegar a él era una bendición. Una alegría egoísta.
Pasaron dos décadas y el ombú sigue siendo el mismo. Es un árbol aguantador y longevo, como muchos de su especie. Por su parte aquellos niños ahora son adultos. Ya no están como para treparse y jugar como hacían 20 años atrás en esas mismas ramas gordotas. O sí, pero poco importa. Porque aunque quisiesen, no podrían.
Ahora ese ombú es la casa de otros niños. Todo el día. A horario completo. Ahí viven con sus padres, un par de perros, un sillón destartalado y esos colchones que cada tarde ventilan al sol. Ahí juegan, también. Seguramente para envidia de otros niños, que saben bien que para tener una casita en un árbol, nada mejor que un ombú tan grande e intrincado como ese.

9 may. 2010

Shhhh

Hoy
las palabras no alcanzan

Esta noche
cuando se apaguen las luces
cada uno
va a llorar en su cama

11 feb. 2010

Versión de Aladino

El panadero volaba blanco, dócil y estirado como todos los de su tipo, atravesando la ciudad sin mayores miramientos. Una madre lo atrapó cuidadosamente cuando este paso delante suyo. Se detuvo y le explicó a su hija -a quien había ido a buscar a la escuela minutos antes-, que aquello era un panadero y que siempre que viera uno podía agarrarlo, pedirle tres deseos y luego con un soplo ayudarlo a retomar su camino.
-Dos pan con grasa y una margarita de crema- dijo rápidamente la niña, muy segura de lo que estaba haciendo.

10 feb. 2010

Se sabe

Despertó dormido y como autómata se sentó al borde de la cama. Segundos después se paró y dió algunos pasos hacia la escalera, que dos o tres metros más adelante lo esperaba para permitirle el acceso al piso inferior de la casa, tránsito imprescindible para ir al baño aquella fría madrugada en que la vejiga lo había desvelado ordenándole ir prontamente hacia el guater más próximo.
Anduvo un par de pasos más y se sorprendió, al extender su brazo derecho, por no tocar la pequeña mesa que siempre tanteaba en este tipo de ocasiones. -Hoy los pasos no habrán sido tan rectos como de costumbre-, dedujo.
Con lentitud se movió lateralmente en búsqueda de la mesa que debería estar allí, pero no tuvo suerte. Entonces pensó que tal vez los pasos habían sido más largos de lo normal, por lo cual ya estaría cerca de la empinada escalera.
Con todo el sueño del mundo dentro de su cabeza, tomó las precauciones del caso. Si no tocaba la mesa era porque ya la había pasado, supuso. Avanzó unos centímetros y estiró el brazo hacia adelante, pero tampoco alcanzó a dar con el trozo de pared que cubría en parte la abertura hacia el piso inferior. Eso podía significar que adelante suyo, a centímetros, podía estar el agujero de la escalera. Ante tal posibilidad, el hombre giró algunos grados hacia la izquierda y luego fue un poco más hacia adelante. Alargó el brazo y no tocó nada. No tocó puerta. No tocó pared. No tocó mesa. Tampoco podía tocar otra cosa.
Giró un poco más y se movió apenas hacia el costado derecho. Ahora los movimientos eran casi milimétricos; el abismo de la escalera podía estar ahí.
Pensó unos instantes y estimó que tal vez no se había levantado a la altura de la cama en que lo hacía normalmente. Otras posibilidades eran haber equivocado en algo la dirección, el ángulo de sus pasos, o que estos hubieran sido más cortos o más largos que de costumbre. Hizo un pequeño giro, un paso corto hacia su izquierda y la situación continuó incambiada. Volvió a girar y anduvo mínimanente hacia adelante. Nada.
Precavido, retrocedió unos veinte centímetros. De inmediato estimó que esa distancia, después de tantos movimientos, podría haber sido alejándose de la escalera -tal como deseaba- o acercándose a ella. Aunque no hacía ni un minuto que había despertado, ya no recordaba la vejiga hinchada, dónde estaba la cama, ni para qué estaba parado. Semidormido, sintió miedo y no se animó a moverse para ningún lado. El temor por dar con el agujero de la escalera empinada y precipitarse hacia el piso inferior, lo inmovilizó. Sabía que trastabillar y caer por la larga y empinada escalera era golpearse de lleno contra la contundente pared de piedra del patio de la casa.
Asustado, se agachó hasta sentarse en el piso. Abrazó sus pies plegados pegados contra el pecho y se dispuso a esperar. En eso sintió que unas gotas de orín le mojaban la entrepierna. Intentó no moverse y mientras tanto recordó, como consuelo, lo que ya se sabe en estos casos, que los ojos se acostumbran rápido a la oscuridad.

27 ene. 2010

Som

Somos
el uno para el otro
llevamos años
de convivencia entrañable
aunque claro
tuvimos nuestros días grises
con tormentas
rayos y centellas
como es lógico que ocurra
a pesar del cariño
en tanto tiempo
pero más cierto es
que ganan los días
alegres y radiantes
pues fueron
abrumadora mayoría
y en ellos
compartimos mucha vida

Admirable compañera
parecía que los años
no pasaban para vos
pero sí
pasaron
entonces
no hubo más remedio que remiendos
tuvimos que sanar las heridas
cicatrizar artesanalmente
con estas manos torpes
como se pudo
como si supiera
porque otra aventura compartida
estaba en puerta

y será así hasta que dure
hasta que duremos

compañera rojinegra
con banderita cosida
con frase pintada
mil gracias
mochila querida

Feria/as

El niño tenía tres años cuando se escapó de su casa. Caminó lento y con ojos bien abiertos, no por temor sino más bien por descubrirlo todo. Doblar la esquina y continuar el recorrido fue una aventura. Llegar al siguiente cruce de calles, una proeza. Volver a torcer 90 grados a la derecha y encontrarse con una feria fue la semilla. Los cajones, las verduras en el piso, los gritos de los vendedores, las balanzas, la clientela variopinta. Completar su primera vuelta a la manzana fue una revelación. Apenas regresó a la cuadra de siempre, su madre corrió hasta él y lo abrazó llorando. Algunos metros atrás un par de vecinas comentaban la incidencia aliviadas. Él, contaba que había visto. Minutos más tarde, sentado en su triciclo heredado de algún familiar cercano, deseó pedalear hasta cansarse, para ver todas las cuadras y todas las ferias.

5 dic. 2009

Historia con pájaro

Los golpes en la madera asustaron al pájaro, que se alejó volando de la rama donde estaba parado. Minutos después, el último árbol había sido talado. La suerte estaba echada hacía tiempo. Tal vez desde los primeros años de este siglo, o del pasado, o del otro. Tal vez desde los primeros pasos.

17 nov. 2009

Elecciones

¿Compro mortadela o salame? ¿Le toco el culo ahora o dentro de un rato? ¿Doy parte de enfermo o voy a laburar de resaca? ¿Le reviro con 24 o me cayo la boca? ¿Pegamos otro o la dejamos acá?
¿Lo mando a la mierda o me aguanto en el molde? ¿Le digo que soy puto o que no la toco ni con un palo? ¿Se la pego a la altura del tobillo o en el medio de la canilla? ¿Elijo científico o humanístico?
¿Le aviso que me cobró de menos o me hago el gil? ¿Atiendo el teléfono o después le explico que no lo escuché? ¿Me hago el dormido o le doy el asiento a la octogenaria enclenque? ¿Pago el agua o la luz? ¿La tiro a colocar o lo chumbeo? ¿Prendo la radio o la tele? ¿Pido nacional o importado? ¿Simple o doble? ¿Con o sin hielo? ¿Le confieso que escribe horrible o me mando una respuesta esquiva? ¿Me rifo la revolución francesa o la industrial? ¿Baño polaco o sólo me mojo el pelo? ¿La llamo o no la llamo? ¿Pedimos la cuenta o tomamos una más? ¿Le sugiero que baje ahora o dentro de un rato? ¿Me afano la mostaza o se las dejo? ¿Voto al menos malo o me quedo en casa? ¿Mando este texto de morondanga o le doy delete?

24 sep. 2009

Receta casera

Agarre una olla grande con cinco dedos de agua, introduzca unas revistas de crucigramas y añádale una estufa de leña, una mesa de ping pong y una mochila grande. Luego incluya algunos condimentos, un toro mecánico, harina de fainá y un buen colchón de resortes. Lentamente vaya revolviendo, mientras agrega un Mambo (Rock & Samba en su defecto) y una máquina que haga café bien cargado. Una vez que tenga todo esto bien mezclado, vuelque dentro del recipiente diversos frutos secos, muebles que no junten polvo, una cama elástica y un vendedor de garrapiñada. Con sumo cuidado súmele a la preparación un buen güiscacho, una piscina grande con trampolín y tobogán, una laptop pequeña, un dormitorio con aislación sonora similar al mejor estudio de grabación y baldosas que no se manchen y absorban la mugre. Baje el fuego de la hornalla y espere hasta que la cocción empiece a mostrar la consistencia necesaria. Una vez ocurra esto, coloque alguna botellita de vino, una mesa de pool, un transmisor para radio de baja potencia y todos los vidrios autolimpiables. Para entonces el aroma de la preparación indicará que casi está lista. Es entonces el momento de agregar un flipper con instrucciones en español, un acogedor cuarto para huéspedes, un buen ajedrez, Internet las 24 horas, mandarinas, un solo ropero y sandía a discreción. Caliente a fuego lento tres o cuatro minutos. Añada dos buenos sartenes, mucha música, microondas y lavarropa. Deje reposar diez minutos y déle un toque de mostaza y salsa de soja. Tome un cucharón de madera y vuelque todo el contenido sobre un plato de vidrio transparente. El sueño de la casa propia, está servido.

19 sep. 2009

La odio

Odiar
verbo feo si los hay

Odiar
cosa grosa

Pero en ocasiones
muy de vez en cuando
es una realidad
y no hay que negarla

Si la odio
que se entere
aunque ella lo perciba
aunque intente ignorarla
aunque la aborrezca
con todas mis fuerzas

Que el mundo lo sepa
que ella se entere
la odio

Es una cuestión de piel
quisiera verla desaparecer
como a tanto hijo de puta
que anda en la vuelta

Que el mundo lo sepa
que ella se entere

Odio
la pe de mierda
que le ponen a setiembre

11 sep. 2009

Razón de ser

Las claraboyas no son
para que pase la luz
sino
para oír la lluvia.

21 jul. 2009

Deportivo rojo

Comenzó a notarse
hace algunos meses
y ahora
es un hecho
culo veo
culo quiero
que en esta Montevideo
almanaque 2009
todos tenemos
un pantalón deportivo rojo
liso
sin ninguna rayita
ni nada extraño
siempre
el mismo tono
no sea cosa de desentonar
y que te miren raro
por vestir un rojo distinto

Pero pobre
del que osara usar
algo parecido
años atrás
y pobre también
el que lo use
culo veo
culo quiero
de aquí a un lustro
cuando todo sea
estampado de animales marinos
nada de anfibios
ni extravagancias por el estilo.

29 jun. 2009

Viajante que pregunta

El hombre tenía una vida recargada. Para él no existían días libres ni horas muertas. Constantemente recorría el pueblo de una punta a otra, aunque cayera piedra o hubiera un sol abrazador. A veces se demoraba un poco, por cansancio, olvido o para hacerse desear. A pesar de ser enano era muy requerido en su lugar de origen. Tanto, que nunca le habían permitido irse de vacaciones fuera. Es verdad que lo trataban bien y que tenía muchas comodidades que otros vecinos no, pero era rehén de su gran valor.
Todas las mañanas se levantaba y revisaba las visitas pactadas, a las que siempre se sumaban otras imprevistas. Era como el doctor del pueblo. Cada vez que iba a alguna casa lo agasajaban con una torta o le regalaban una gallina. O unos chorizos caseros, que le gustaban mucho. En los comercios también recibía alguna atención.
Para un no lugareño era raro ver aquel liliputiense de pecho henchido recorrer constantemente las calles del pueblo, haciendo visitas a diestra y siniestra. Siempre vestido de punta en blanco. Siempre obsequiado y agradecido.
Cierta tarde un viajante que de tanto en tanto recalaba en el bar ubicado en una de las esquinas de la plaza, extrañado de ver en reiteradas ocasiones a aquel enano ir y venir alegremente de un sitio a otro, le preguntó al cantinero por el motivo de aquella rutina:
-¿Quién es ese señor?
-Ramón.
-¿Y a qué se dedica?
-El hombre -respondió el cantinero- es la medida de todas las cosas.
-¿Cómo? -exclamó el viajante.
-Sí. Mide un metro exacto.

30 may. 2009

El coleccionista

Cuando lo secuestraron estaba saliendo de una casa de remates donde había adquirido su máquina de escribir número 243. Hay quien colecciona sellos y quien colecciona retratos. Lo de él eran las máquinas de escribir. Tenía de distintas partes del mundo. Con 50 teclas y con más de 200. Con caracteres cirílicos y chinos. Mecánicas y eléctricas. Fuera de esa rara afición llevaba una vida sin mayores sobresaltos. Bastante monótona. Lo pensaban los que le conocían y lo pensaba él mismo, así que no entendía porque estaba asustado, sudando, cabeza contra el piso, en el asiento trasero de un vehículo familiar de cuatro puertas, con una mano que le sujetaba la cara en dirección al fondo del automóvil, encapuchado con una tela negra según creía recordar, y sin que le digan nada, aunque pregunte, ninguna explicación, ninguna indicación, ninguna amenaza.
Un cuarto de hora después el automóvil frenó y pudo sentir que los secuestradores además de grandes y fuertes sabían hacer llaves dolorosas para impedir cualquier movimiento imprevisto. Sus interrogantes eran ignoradas olímpicamente. Solo presión física y silencio de parte de ellos. Él sentía terror. A pesar de ello había podido hacer alguna cuenta mentalmente. Encima llevaba poco dinero, unos 200 dólares, pero estaban a disposición de los secuestradores si los pedían. También la cuenta bancaria con algo más de 8.000. Eran los ahorros para un terreno en la playa, pero ahora eso no importaba. Sin embargo los dos hombres no respondían nada a sus ofrecimientos. No parecía ser un tema de billetes, al menos por ahora. Entonces qué, pensaba, si una vida tranquila, si un trabajo normal, si una familia tipo, si ninguna militancia sindical o política, ni episodios de corrupción, ni enemigos personales, ni nada que justifique un secuestro que no sea por el dinero que no querían aceptar. Una vida de morondanga nada envidiable. La única variante a una pasmosa rutina era su extravagante hobbie de coleccionar máquinas de escribir.
Cuando lo sacaron del vehículo y lo pusieron a caminar sintió bajo sus zapatos el ruido del pedregrullo y le llegó una brisa que no era de ciudad. Sin duda estaba en algún sitio de las afueras. Solo era consciente de seis pies andando sobre pedregullo de granito rosado. Y silencio. Y miedo. Y sudor.
De pronto cuatro o cinco escalones. Un lugar cerrado que daba la sensación de ser amplio. Piso de cemento. Unos 50 pasos. Siete u ocho escalones hacia arriba. Un ambiente calefaccionado. Sintió que lo metían en algún lado, a prepo, pero como dando por terminada la tarea.
Lo dejaron caer sobre un colchón; una cama tal vez. Era el primer instante que no lo estaban sujetando. Como pudo se sentó y se percató que tenía las manos libres. Detrás suyo la puerta se cerró con violencia y con violencia sintió que la trancaban con pasador y candado.
Elevó sus manos y tocó la capucha. Temeroso comenzó a quitársela lentamente. Y lentamente fue recuperando la visión. Pudo ver que estaba solo. En una habitación vidriada; una especie de pecera del tamaño de un dormitorio grande. Se observó sentado en cama metálica, rodeado de decenas de máquinas de escribir amontonadas junto a las paredes de la habitación pecera.
Aturdido por lo que le estaba ocurriendo se paró y caminó un par de metros hacia adelante. Entonces pudo ver frente suyo un habitáculo similar al que lo tenía cautivo, con una mujer que dormía sobre una cama, rodeada de pequeños jabones. Era uno de varios, que sumados se asemejaban a un enorme reptilario. Afinó la vista y pudo leer un cartel que estaba en la base del receptáculo donde descansaba la mujer: “Victoria Montero. Coleccionista de Jabones de Hotel”.

21 may. 2009

Danger

Cuidado
con estos versos
no sea cosa
que después
necesite cremita

Ojo que queman
a veces pasa
con algunos
que uno los toma
así nomás
desprevenido
regalado
sin la protección necesaria

Cuidado con estos versos
ardientes
calientes
humeantes
que a pesar de estar sosos
desabridos
crudos
insulsos
especialmente feos
tienen
su temperatura respetable
porque están
recién
recién
salidos del horno.

13 may. 2009

Capacidades

Pirotecnia costosa
para vender algo barato

luces de colores
globos
bengalas
envoltorios
para vender engaños

en tanto
a medida que aprendemos
aumentan
las luces de colores
los globos
las bengalas
los envoltorios
los precios

para confundirnos
entreverarnos
cegarnos
captarnos
tenernos

y es una lucha
un aprendizaje continuo
ante tanta pirotecnia
tanta lucecita
tanta bengala
tanto ruido
que no escuchan
que se metan
sus abalorios
donde les quepan.

Formas

Me gusta caminar por la cornisa
y sabés bien que voy a caer

en un sitio o en otro
pero no lo dudás

puedo caer cerca tuyo
o muy lejos

caer donde están todos
o donde no hay nadie

caer con las manos
o abrirme la cabeza

Me pueden atajar
tal vez
pero sabés que voy a caer
y que mentiría
si digo que me puedo mantener

Voy a caer
lo sabemos

la intriga

es el cómo
y el cuándo.

5 may. 2009

Promesa

-Tú no me puedes jaquear nunca- dijo el jugador de negras mientras daba mate por quinta vez consecutiva.
-Ya verás que sí te puedo hackear- prometió el derrotado.

15 abr. 2009

Interrogante

¿Será la mía
la peor
de todas
las caras
miradas
insípidas
perdidas
que van
en este ómnibus?

22 mar. 2009

El refugio

La pesada puerta se cerró herméticamente. El fuerte ruido los estremeció. Nunca lo habían escuchado hasta ahora.
-Tenemos comida para cinco o seis años. Agua potable. Cuarenta y siete metros cuadrados donde cada uno dispone de su pequeño espacio privado. Una sala común. Baño. Una biblioteca muy completa. Música. Mucha música. Cine. Varios mazos de cartas. Unos aparatos de gimnasia para mantener medianamente la figura esbelta que nos caracteriza. Botellas de vino para brindar por estar vivos, whisky para los cumpleaños y cerveza para poder erutar bien.
Apenas terminó de enumerar, sin levantarse de la alfombra donde estaba sentado, Joaquín estiró el brazo, abrió la heladera y sacó las tres latas de cerveza que tenía más cerca.
Se quedó con una y le lanzó otra a cada uno de sus amigos. Pedro la atajó con la mano izquierda. Felipe con la derecha. Con diferencia de décimas de segundo las tres latas sonaron al ser abiertas. Csshhhhhhh. Cshhh. Cshhhhhh. La de Felipe comenzó a largar espuma por lo cuál éste debió apurar el trago sin lograr evitar que la alfombra se mojara.
-Primera mancha -hizo notar Pedro-.
-No va a ser la última ni mucho menos, así que no pasa nada -agregó Joaquín-. Además nadie va a venir a visitarnos.
-Eso es un problema. Por ejemplo ahora los tres estamos bien vestidos. Somos tipos educados: primaria, secundaria y dos de tres universidad completa. Pero con el tiempo vamos a ir perdiendo la vergüenza que aún nos tenemos como amigos. Primero abandonaremos los zapatos y empezaremos a andar descalzos. Cosa bastante lógica por cierto. Piso de parquet. Todo el día de medias. Después nos quitaremos el buzo de vez en cuando. Días, semanas o meses más tarde, cada uno a su tiempo, abandonaremos el pantalón y quedaremos en calzoncillos. Es más fácil. Más cómodo. Hay que lavar menos ropa. Luego llegará un tiempo en que los tres estaremos de calzoncillo y nada más. Apuesto. ¿Y después?
-Después Pedrito, tendrás que empezar a cuidarte y dormir boca arriba -respondió Felipe-.
-Yo creo que abandonaremos antes el pantalón que el buzo.
Ahora el que hablaba era Joaquín, que a la vez que pronunciaba esto se quitaba los championes de lona y los dejaba a un costado.
-Pero piensen –continuó diciendo Pedro-. Esto sin duda nos va a cambiar. Estar encerrados en este búnker durante años esperando que algún día el medidor de radiación exterior nos indique que podemos salir fuera y mirar después de años a más de diez metros de distancia. Ver cómo quedó todo. Si es que podemos salir. Si no estamos rodeados de piedra o de agua.
-O de nieve. O de lava venida vaya a saberse de dónde –aportó Joaquín poco antes de que su amigo continuara hablando-.
-Poder caminar. Ojalá que se pueda. Ver cómo quedó la ciudad. Estirar las piernas. Dirigirse hasta el río para ver si sigue ahí. Si hay peces. Si la arena sigue siendo como la recordamos. ¿Se imaginan que el medidor de radiación exterior funcione mal y cuando salgamos ya esté todo el mundo fuera hace muchos años? La gente en la playa comentando el partido del domingo o el asesinato de la jornada. Y nosotros tres muertos en vida apareciendo como los del accidente de los Andes, o como los japoneses que se quedaban perdidos en una isla del Pacífico pensando que la guerra seguía y que los turistas en yate eran yanquis invasores.
-Es mejor eso a que funcione mal para el otro lado y nos avise que podemos salir antes de hora. Por las dudas canto último. –se apuró a decir Felipe-.
-Yo segundo –apuntó Joaquín mientras se colocaba su lata de cerveza como si fuera un telescopio, para confirmar con su ojo derecho que efectivamente la lata estaba vacía, más que por lo poco y nada que veía hacia adentro, por el hecho de que  ninguna gota le había caído sobre el cristal de sus lentes-.
-Ahí están los cagones. Siempre al final de la fila. Ustedes no se preocupen. Voy adelante. Eso sí. La primera mina que veamos es para mí, nada de querer ganármela.
-Eso se está por ver –desafió amigablemente Felipe-. A ley de juego todo dicho.
 Joaquín se estiró sobre la alfombra y se puso a hacer lagartijas. La última fue casi una proeza.
-Doce -le contó Pedro-.
-No creas que no puedo hacer más, pero soy demasiado supersticioso. Prefiero evitar la yeta. Lo importante es que quemé las calorías de la lata anterior, así que puede salir una más.
-¿Con 12 lagartijas tenés derecho a otra consumisión? –interrogó Felipe-.
-Con cuatro. Lo que pasa es que me mandé el gesto y les invito la vuelta. La próxima corre por tu cuenta.
-Acepto.
Joaquín se paró y volvió a abrir la heladera para sacar tres latas de cerveza. Esta vez las entregó en mano para evitar una posible mancha.
Cshhhhhhhhhh. Cssshhhhhh.
-A mí todavía me queda, pero dejámela igual. Es cuestión de minutos. Ya saben que Felipe bebe más lento pero no los abandona, ni en caso de explosión nuclear.
-Suerte que ninguno fuma. Eso habría sido un problema –sostuvo Pedro mientras llevaba la lata a su boca-.
Mientras tanto Joaquín volvía a acomodarse sobre la alfombra, a la vez que le respondía.
-Está en el reglamento. Cero pucho. Un fumador no tiene cabida acá. Para eso podrías haberte apuntado al refugio de José, que son todos fumadores. ¡Eso ya debe apestar que es un asco! Supongo que con el tiempo se acostumbrarán, pero tiene que ser horrible.
Pedro se levantó del sillón, cansado de estar sentado ahí desde hacía más de una hora. Caminó hasta la pared midiendo los pasos. Fueron siete. Se giró e hizo lo mismo hacia la pared opuesta. Once. Los siete que había andado antes y cuatro más. Miró la sala. Las cuatro paredes estaban pintadas de diferentes colores para que pareciera más amplio, según Felipe. Para que fuera más alegre, según Joaquín. Porque era lo más barato, según Pedro.
En la pared amarilla colgaba una gran pantalla plana que les ayudaría a pasar el tiempo y cultivar su gusto por el cine. Más de 2.000 películas. Había para todos los gustos. Entre ellas casi un centenar de italianas sin doblaje al español. Con suficiente tiempo a disposición, Pedro planeaba aprender el idioma de sus tatarabuelos.
En las otras paredes –la celeste, la verde y la blanca- la decoración era la mínima imprescindible. Por asamblea y voto unánime habían decidido que nada de fotos familiares ni almanaques. El que quisiera algo de eso lo ponía en su habitación, donde disponía de cuatro paredes para él solo. La sala común no estaba para recordar ni entristecerse. Era el espacio común de encuentro y celebración de estar con vida. El espacio que muchos, que la gran mayoría, no se había podido costear. Ellos por suerte tenían sus ahorros. Ellos tenían su refugio. Estaban dentro. Afuera es sinónimo de muerte; adentro es vida. A llorar al cuartito.
Csssshhhhhhhh. Rezagado, Felipe abrió su segunda lata de cerveza.
-Lo que no entiendo –dijo mientras bebía el primer sorbo- es para qué le pusimos nombre como si fuera una casa de veraneo en la costa, si nadie va a poder leerlo. Nadie puede salir de un refugio cuando afuera hay una radiación atómica. Es más. Vaya a saberse si la pintura sobrevive las insospechadas inclemencias del tiempo o las altas temperaturas.
La reunión había sido un año atrás, cuando los tres amigos decidieron comprar un refugio antiatómico. No fueron los únicos. Por entonces el negocio estaba floreciente. Varios miles de búnkers fueron instalados discretamente en la ciudad en previsión de la inminente guerra mundial. Era cuestión de tiempo. Siempre la siguiente guerra es cuestión de tiempo. Aunque después de ésta tal vez las cosas cambiaran. Era una de las hipótesis. La más optimista. Que esta guerra fuera distinta. Que después de esto la humanidad aprendiese de los errores del pasado y tomara un camino diferente al recorrido hasta entonces. Que a la conflagración mundial con armas nucleares le seguiría una paz nacida del convencimiento de todos los seres humanos de que antes habían errado el rumbo. El sueño de la unión de los hombres, bla, bla, bla, bla.
-La idea es que en algún momento se va a poder salir. O al menos yo pienso salir si veo que me voy a morir acá adentro de viejo –explicó Joaquín-. De la misma forma pensarán muchos. Así que en una de esas, alguno a punto de pelarse, a pesar de la radiación, del resplandor que haya afuera, de la nube de polvo tóxico, a pesar de eso, alguien, cuando sepa que le queda poco tiempo de vida, se dispondrá a dar su último paseo, y cuando se pare frente a nuestro costoso refugio y lea, tal vez se le despierte una sonrisa, y con suerte, con la poca suerte que pueda desear entonces, ojalá, en un ataque de risa, mientras le revientan los pulmones o se le derriten los pies, se muera de risa literalmente y no demente en una litera.
-Vuelvo en diez minutos. ¿A quién se le ocurre bautizar un búnker “Vuelvo en diez minutos”? Solo yo les acepté la idea.
-Felipe: quedaste en minoría y asumiendo la derrota cambiaste tu voto porque la resolución tenía que ser por consenso. Todo a cambio de otra jarra de vino de la casa mientras discutíamos el asunto en un bar. Si sos corrupto es tu problema –le recordó Joaquín-.
-De carne somos.
-¿Cuánto tiempo llevamos acá adentro? –consultó Pedro mientras con una mano sacudía la lata para estimar cuánta cerveza le quedaba-.
-¿Para qué querés saberlo? No te va a hacer bien –contestó Felipe-.
-¿No íbamos a poner un reloj al menos para saber qué hora del día era?
-Estás adentro de un búnker luego de la tercera guerra mundial –explicó Felipe-. Solo existe el adentro, al menos mientras eso nos indique el medidor de radiación exterior. Afuera es un sueño. Un deseo. Un proyecto en el mejor de los casos. Aprender italiano con las películas. Salir hechos unos especialistas en cine europeo. Haber leído el Quijote de una buena vez. Saber orientarse mirando los líquenes de los árboles; en teoría claro. Memorizar todas las capitales del mundo. Conocer al dedillo la obra completa de Marx. Entender el arte moderno. Escribir tus memorias por si no contamos el cuento. Pero afuera es nada. Desde adentro afuera no es nada. No hay días ni noches. No hay estaciones. No hay veranito en la playa. No hay lluvia. No hay sol. No hay me quedo porque está feo. No hay voy a aprovechar que paró un poco. Es solo adentro y nosotros tres. Mientras tanto: solo eso. Y mientras tanto puede ser años. Por no empezar a sacar bien las cuentas de cuándo tendremos que empezar a racionar la comida, apostar por ver a quién le toca comer ese día, ir a escondidas a robar de la cocina el alimento que escasea, dormir con un palo en la mano para defenderse del otro que viene a asesinar para tener algo más de comida. ¡Pensar que todavía somos amigos!
Joaquín se acostó de cara contra el piso, puso los brazos en posición y comenzó a hacer lagartijas.
-Doce -le contó Pedro-.
-Les invito otra vuelta, pero apúntenla.
-De acuerdo -aceptó Felipe-.
Cssssshhhhhhh. Cssshhhhh. Csssshhhhh. La alfombra recibió la segunda mancha. Los tres amigos rotaron de ubicación. Joaquín se recostó en el sofá de dos plazas, el sitio más cómodo de toda la sala. Pedro se pasó a la alfombra y se puso a leer una revista. Felipe fue hasta el equipo de música y puso algo cantado en inglés. Blues tal vez. Luego se sentó en una de las cuatro sillas de madera que rodeaban la mesa de la sala y comenzó a barajar un mazo de cartas. Cuando se cansó se puso a jugar al solitario. No le salía. Bebió un buche de cerveza.
Joaquín miraba la pared tirado en el sofá. Pedro leía sobre la alfombra. Felipe se puso a entreverar las cartas una vez más, procurando acomodarlas de la manera precisa para que de una vez por todas le saliera bien ese solitario maldito. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos tres, sota, caballo… Caballo. Vuelta a empezar. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos… Dos. Vuelta a empezar. Un, dos, tres, sota… Sota. Vuelta a empezar. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos, tres… Tres. Vuelta a empezar. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un, dos, tres, sota, caballo, rey. Un… Uno.
-Para mí tenemos que discutirlo de nuevo -exclamó Felipe mientras abandonaba los naipes-, pero estaría bien que invitáramos a uno más. Martín por ejemplo. Al menos podríamos hacer un truco de cuatro.
-¿Cuánto tiempo va? –preguntó Pedro-.
-Siete horas y media. Un viaje en ómnibus a Porto Alegre dura más –contestó Felipe desde la mesa-.
-Mierda –maldijo Pedro-. Me voy. Tengo un asado imperdible. La semana que viene probamos de nuevo, a ver si aguantamos un poco más. Así no hacemos patria.
-Hay que reponer cerveza. Yo me encargo -anunció Joaquín mientras agarraba el paraguas todavía húmedo-.

20 mar. 2009

Aviso clasificado

Vendo por viaje. Familia completa. Fútbol con amigos. Pasión carnavalera. Ronda de mate. Truco de seis. Nostalgia a estrenar. Extrañitis aguda. Recuerdos varios. Precio a conversar. Facilidades.