21 jun. 2017

Hipopotamono

El hipopotamono es un animal hasta ahora desconocido que habita los bosques de secuoyas.

Según los que afirman haberlo visto es un mamífero de gran tamaño que tiene como hábitat las copas y ramas de los árboles citados.

Es un bicho bastante quieto, por lo cual no es fácil de apreciar. A esto hay que sumarle que en general se encuentra a muchos metros del suelo y que su pelaje oscuro lo mimetiza con la vegetación circundante.

Se alimenta de hojas y frutos de secuoyas y en contadas ocasiones baja a la superficie terrestre, básicamente para agarrar algo que se le haya caído y sea de su particular estima.

La forma más habitual de percibir su presencia se relaciona con su tamaño. Al moverse entre las ramas superiores de las secuoyas suele hacer ruido y además con sus desplazamientos produce la caída de frutos y ramas.

Los lugareños aconsejan que si uno está en uno de estos montes y siente ruido sobre su cabeza debe alejarse, pues de lo contrario puede sufrir el golpe de alguna rama o fruto que cae desde las alturas.

Se dice que el golpe también puede ser producido por las propias heces del hipopotamono, que si bien se presentan en forma de racimo y suelen llegar a nivel de piso en pequeñas porciones, según el proceso digestivo del animal pueden precipitarse en una masa homogénea que supera fácilmente los dos kilos de peso, por lo cual el golpe es potencialmente mortal.

Existe una versión nunca comprobada sobre una niña vestida de rojo que cierta tarde salió de su casa a hacer un mandado y fue aplastada por las heces de un hipopotamono. Aunque en concreto lo que se sabe es que ella nunca regresó al hogar en que vivía con su abuela, por lo que también se especula que haya fugado con las joyas de la septuagenaria y/o con un lobo con quien había hecho buenas migas, en cuyo caso se estaría ante una situación de explotación sexual infantil considerando su edad. Las averiguaciones están en manos de Interpol. Se informará.

Pero para no irnos por las ramas, volvamos al hipopotamono.

Las pruebas de su existencia serían tanto las versiones de quienes afirman haberlo visto como ciertos mechones grandes y greñosos que suelen encontrarse en estos bosques.

Al momento no hay ningún registro irrebatible que confirme su presencia. Claro que existe una serie de fotografías que se acostumbra esgrimir en ese sentido, todas ellas de mala calidad, poca definición y tal vez apócrifas.

Puestos a dudar sobre la veracidad de las fuentes, es justo reconocer que la acumulación de pruebas diversas también podría conducir a dar por buenas las versiones a favor de la existencia del animal.

Se habla de un antiguo habitante de la zona que quiso tener un jardín zoológico pero dado lo menguado de sus ingresos sólo logró adquirir dos pichones -un hipopótamo y una mona- a los que crió cual casal para ver qué pasaba y pasó lo que suele pasar en estos casos.

No habiendo una hipopótama cerca, le tocó a la mona recibir los efluvios amorosos del animal de mayor tamaño; y como es sabido el tamaño no importa pero algo importa, así que bienvenido sea dijo la mona.

Ese sería el puntapié inicial de esta especie doblemente exótica, para el bosque de secuoyas y para el planeta.

La procreación sucedida a partir de entonces ha significado que transcurridos menos de dos siglos las estimaciones cifren en aproximadamente un centenar la población total de esta nueva especie, subespecie o lo que fuere.

Como ocurre con frecuencia con las especies foráneas, estas afectan negativamente el nuevo medio en el que se desarrollan.

En este caso concreto está más que comprobado que los pequeños roedores oriundos de la zona optan cada vez más por merodear las partes bajas de los árboles o incluso la superficie terrestre, lo que podría ser una señal de que forman parte de la alimentación de los hipopotamonos en general y alguna perversión de los hipopotamonos machos en particular. Se afirma que en ocasiones se encuentran restos de ardilla que confirmarían ambas conductas.

También se acusa a los hipopotamonos de la deforestación de los montes de secuoyas, lo que de continuar sucediendo pondría más aún en riesgo la sobrevivencia de dicho entorno natural, por lo cual una vez más podría repetirse la historia de la nefasta presencia de castores en Tierra del Fuego, una simpática especie exógena cuya adaptación podría resultar una estocada de muerte para un ecosistema frágil. El tiempo dirá. Cambio y fuera.




9 may. 2017

Si es que fue furia

Escuchar decir que un edificio tiene vida propia, alma, personalidad incluso, puede no ser tan novedoso, pero verlo atravesar la plaza independencia para darle un golpe foribundo al victoria plaza, tan foribundo que demoró menos de un minuto en desplomarse, y luego dirigirse hacia el ciudadela y la torre ejecutiva para propinarle a cada uno un topetazo ultra violento (uno, dos, ultraviolento), estocada fatal que los atravesó de lado a lado y los hirió de muerte, fue algo impensado, inimaginado por la mente más febril y cizañera. Así como tampoco nadie hubiera soñado tener que zambullirse literalmente aunque no hubiera agua en la escalinata de ingreso del mausoleo de artigas para evitar ser pisado por aquella mole de hormigón armado deambulando la plaza para atentar uno tras otro contra los edificios que la circundaban.

Una vez que observó culminada la primera parte de su ataque, sus tres víctimas iniciales, continuó con el resto de los edificios. Sin miramientos. Sin piedad. O más o menos, porque no los destruyó a totalmente; en un acto de furia selectiva, si es que fue furia, o de ego al que le mojaron la oreja durante décadas, si es que fue un tema de ego, aunque tal vez no habría que descartar un instante de locura, un delirio con cierta justificación clínica, una sobredosis vaya a saber uno de qué sustancia legal o prohibida.

Lo cierto es que luego de casi media hora de furia, si es que fue furia, vaya la reiteración de la duda como constancia de ella, no quedó ninguna construcción con más de seis o siete pisos en pie. Lo demás, lo más alto, lo que sobrepasaba, sobraba, todo escombros sobre los restos polvorientos o sobre el pavimento asombrado de tanto golpe, tanto hierro y ladrillo, tanto de todo un poco que había en esas dunas de destrozo que ahora eran pasado, historia, recuerdo, basura, montón inservible salvo para relleno de terrenos: escombros.

A la semana de aquella tarde inolvidable -porque obviamente fue inolvidable- quedaban pocos rastros del destrozo, o sea que las empresas de recolección hicieron su agosto en un mes que no era ese, y como se sabe crisis es oportunidad en chino o al menos eso suele decirse, y siempre que pasa algo malo alguien hace dinero a costa de ello, iniciativa privada obvio, actores particulares que se vieron beneficiados porque los trabajadores municipales de la recolección aprovecharon la circunstancia y fueron a la huelga en reclamo de mejores condiciones laborales y algún manguito más ya que estamos. Mientras la zona iba despejándose de escombros también iba quedando libre de periodistas y curiosos, que tantos los unos como los otros se habían agolpado en el lugar apenas se supo la noticia, cámaras en vivo, páginas web lo mismo, redes sociales que explotaban, pero como suele ocurrir después de una tragedia siempre viene otra y otra y otra por lo cual la atención se fue diluyendo, no tanto como para desaparecer porque lo que había ocurrido no había sido cualquier cosa o algo habitual, sino todo lo opuesto, pero siempre después hay un asalto con homicidio, un niño atropellado, un cruce político, un acto de corrupción, un penal mal cobrado, el horóscopo chino, inviernos o veranos eran los de antes, etcétera.

Los arquitectos comprendieron bien el mensaje cuando tuvieron que abocarse a la tarea de reconstrucción porque ninguno de ellos se atrevió con un octavo piso más allá de la nueva reglamentación emanada de la comisión de patrimonio referida a que entorno a la plaza no podían construirse ni reconstruirse edificios de más de 11 pisos, así que ocurrió lo dicho, en toda la plaza no hubo más un apartamento cuyo timbre tuviera al lado el número 801, 802, 903 y menos que menos uno de cuatro cifras.

Pasado un mes buena parte de los nuevos edificios, nuevos en su figura renovada por la fuerza de los hechos, lucían su altura renovada, más baja que la que tuvieron antes. Para entonces los transeúntes habían perdido el miedo y volvían a atreverse a cruzar el amplio espacio público con artigas en el centro, sin mirar temerosos hacia la esquina sureste de la plaza, mientras que tímidamente los recién instalados y estrenados bancos de madera comenzaron a recobrar sus habitués, tanto humanos como palomas, más algún turista o paseante ocasional.

El kiosco de la plaza que estaba ubicado contra la avenida 18 de julio, a pesar que los antiguos kioscos permanecieron en pie y fueron de las pocas cosas que se salvaron de la furia, si es que fue furia, reabrió a los varios días, luego de un extenuante período de selección de personal que duró mucho y tuvo pocos interesados pues costó conseguir un kiosquero valiente que quisiera hacer de aquel lugar su puesto de trabajo, vaya a saberse si por extrema y estricta necesidad laboral, por espíritu aventurero, auténtico kamikaze oriental de los orientales del plata y no de los nipones, pero como sea apareció un kiosquero que puntualmente a las ocho de la mañana abría su ventanita dispuesto a vender ticholos tres por diez, pastillas, caramelos y demás golosinas de diversa calidad y procedencia, cigarros ilustrados con fotos tenebrosas, además de levantar quiniela, cinco de oro, lotería, kini y otros juegos de azar de similar especie, estilo y probabilidades de éxito y premiación, amén de vender curitas, fósforos, yesqueros actuales e incluso paraguas de esos que ocupan poco espacio son baratos y duran lo que se puede esperar que dure un paraguas que tenga esas dos características, pero todo esto nada más hasta las ocho de la noche, porque si bien el kiosquero era biendispuesto y cumplía una extensa jornada de 12 horas por ahora el propietario del comercio no se había inclinado a contratar ninguna otra persona para cumplir esa función en un horario más extenso, quien sabe si por machete, por no confiar demasiado en el éxito comercial de la reapuertura del comercio o por no conseguir persona idónea para el cargo.

Las oficinas ejecutivas presidenciales se trasladaron temporalmente al palacio estévez, una de las pocas edificaciones ilesas de todas las que circundaban la plaza, por lo cual el número de funcionarios se redujo de forma notoria desplazándose muchos de ellos a otras locaciones estatales lo cual significó una estocada para varios comercios de los alrededores, en especial los que preparan comida al mediodía a precio razonable es decir entre 100 y 200 pesos per cápita con copa de vino o vaso de refresco incluido, pero antes de seguir especial mención a la gustosa muzzarella del bar tasende, que fue uno de los que vio disminuir la afluencia de su clientela matutina lo cual repercutió en el personal del sitio gastronómico al punto que una moza perdió su puesto de trabajo y luego tardó tres meses en conseguir otro trabajo, esta vez en una coqueta cafetería con vista a la plaza.

La justicia fue obviamente más lenta y a pesar de los múltiples juicios y acusaciones recibidas ninguno de los magistrados se atrevió u osó dar lugar a procesamiento alguno por lo cual se terminó absolviendo a la mole de 95 metros inaugurada en 1928, según parece por falta de pruebas ya que si bien todos tenían la misma idea nadie apareció a testificar en su contra, es decir que no había testigos, nadie vio cómo se sucedieron los hechos, nadie vio nada, nadie estaba esa tarde por ahí parece, aunque todos sabían, pero nadie vio a ciencia cierta, nadie estaba seguro de poder reconocer a él o los responsables, nadie había filmado ni sacado foto alguna con su teléfono celular o ceibalita o magallanes o tablet de la tercera edad, por lo tanto todo quedó en nada fiel a la idiosincracia local o tal vez por acuerdo con lo obrado, en callada anuencia.

El tiempo fue pasando y el edificio poco a poco recobró el prestigio y esplendor de sus años mozos, de igual manera que aquella tarde había recobrado la mejor vista del centro de la ciudad, y después el puesto de vigía del puerto, su cúpula terminada, visitas guiadas con audioguías en español, portugués, guaraní, inglés, francés, alemán, italiano, ruso, japonés, chino mandarín y otro chino con menos chinoparlantes pero también muy difundido.

Tiempo después también recobró su teatro que incluso llegó a ser estacionamiento y sumó un pequeño museo con tienda de suvenir de todo tipo y precio, pero lo más destacado sin duda fue cuando los pisos del ocho al doce abrieron reconvertidos en un gran hotel cinco estrellas, quedando el trece para el exitoso casino público-privado y el resto para un sinfín de empresas y propietarios particulares, algunos habitantes y otros rentistas, más una casa de masajes, el renovado aunque tradicional club de billar y más y más que no viene al caso; pero bien se puede agregar que al gran hotel ni al casino desde un principio le faltaron -sino más bien opuesto- turistas argentinos, brasileros, chilenos, paraguayos, mexicanos, latinoamericanos en general y por supuesto gringos, europeos, rusos, australianos y asiáticos básicamente chinos, japoneses y coreanos del sur.

Lo que marcó el resurgir, el punto cúlmine, hito de esta historia de resurgimiento desde las cenizas o más bien desde los escombros ajenos, fue la coronación de la cúpula, la concreción del proyecto definitivo para lo que iba a ser un faro y finalmente terminó siendo un diseño sorprendente, mezcla entre tradicional y ultra vanguardista, que de manera inmediata cobró fama mundial y terminó de convertir al edificio en el ícono emblemático de la ciudad al punto que por iniciativa ciudadana se llevó a votación que la frase con libertad ni ofendo ni temo cobijara no sólo al cerro que está del otro lado de la bahía sino también al rascacielos en cuestión, cosa que efectivamente terminó ocurriendo por sufragio capitalino universal.

En buena parte de los restantes edificios de la plaza florecieron hermosas terrazas y azoteas con mucha vida social, preciosas todas o casi, con sus barbacoas, salones de usos múltiples, quinchos, algún que otro café o restaurante, con sillas y sombrillas en verano y gazebo cerrado y climatizado en invierno, siempre con turistas o habitantes o trabajadores de cada edificio que se acostumbraron a disfrutar de la situación de tabula rasa que sucedió a partir de los hechos acontecidos aquel día de furia, si es que fue furia.

Algunos años después cierta tarde un afamado arquitecto que estaba de visita por la ciudad, sabedor de la fama que tenía el edificio, quiso acercarse a conocerlo, llegando para ello en taxi proveniente de un hotel cuatro estrellas de la zona de la rambla de pocitos hasta la esquina de 18 y andes, donde pagó lo correspondiente a 114 fichas que en realidad habían sido menos pero como era turista, ya se sabe. Luego de abonar descendió del vehículo y caminó por la acera norte hasta la propia plaza independencia, a la cual accedió cruzando veloz, arriesgada e inoportunamente más allá de que no le pasó nada salvo un bocinazo y una puteada. Entonces continuó andando hasta la estatua ecuestre del prócer patrio que dominaba la visión desde el centro de la plaza, relojeando de costado al famoso palacio para luego observarlo en toda su dimensión. Puso cara de no estar muy convencido de lo que estaba viendo, así que miró a un colega que a la vez era guía e interlocutor, puso cara como de que no, pensó decir algo, abrió la boca para ello... esteeee... mmmm... ehhh... miró al piso como si estuviera eligiendo un lugar muy específico, el sitio más indicado, como si fuera a señalar, por decir algo, cualquier cosa, ejercicio de imaginación, el lugar donde ubicar una pieza de artillería o algo así, ocurrencia extraña, pero se mordió la lengua, calló la boca, apagó sus palabras, guardó silencio o casi, masculló algo que nadie alcanzó a escuchar, ni su colega guía interlocutor ni el vendedor de garrapiñada que estaba pasando a un par de metros, pero se aguantó y no dijo nada, aunque algo sin duda pensó, pero la violenta fama de aquella mole le hizo callar, tal vez, si es que quiso decir algo, porque de última no dijo nada, o algo por compromiso, tipo así que es este, mirá vos, es alto, se destaca del resto, mirá vos ehhh, nada muy subjetivo ni jugado, si lindo o feo, hermoso o no, mucho menos donde poner un cañón apuntándole, así que nada de eso y en eso alguien dijo miren aquello, un gato cayendo directo a la cabeza de una señora, o un suicida en pleno acto, o una mampostería peciforme o pulpiforme desprendida de los laterales, es decir algo que caía, una paloma fulminada por la onda de un niño travieso o la chumbera de algún inconsciente, aunque tal vez simplemente era una sartén que volaba en medio de una pelea marital, pero algo cayó, sin duda dicen los que dicen que lo vieron, pero con tanto teléfono descompuesto, tanta ventana, tantos propietarios e inquilinos, que nadie supo bien qué fue lo que cayó ni cuándo ni dónde ni si mató a una vieja, abolló un auto, ensució la verada o nada por el estilo.

Para cuando el edificio cumplió un siglo, cien años de existencia, de vida -por qué no decirlo-, la ciudad festejó a lo grande, vaya a saber uno si por orgullo o por miedo. Ese día no faltaron los fuegos artificiales, los punguistas, el desfile de carros alegóricos, los que mean un árbol cuando no aguantan más la vejiga hinchada, las cuerdas de tambores, las personas que buscan un encuentro furtivo de una noche, las murgas con sus coros y baterías de bombo, platillo y redoblante, una mesa de mosqueta con sus respectivas víctimas y victimarios, y la orquesta de tango más grande del mundo jamás vista ejecutando La Cumparsita y como broche de oro, es decir como remate memorable, perdurable, imborrable, un dirigible plateado, con forma de habano, que lentamente se acercó viniendo desde el río de la plata y dio varias vueltas entorno al edificio centenario, maravillando a quienes disfrutaban del espectáculo desde los balcones ojos vidriados de sus pisos superiores, y fue entonces que comenzó el cierre, el remate de la fiesta, mientras una pareja bailaba el tango más famoso del mundo sobre las paredes de la añosa construcción, una lluvia de jazmines comenzó a caer sobre el edificio pintado a nuevo para la ocasión, y el olor a jazmín tapó al de la pólvora de la pirotecnia que todavía quedaba en el ambiente, así como también el olor de los puestos de comida que había en la plaza y sus alrededores, es decir carros de chorizos, tortas fritas, maní maní, calentita la garrapiñada, y el dirigible continuó con su lluvia de jazmines que no paraba, lluvia que se hizo diluvio, diluvio que se hizo miles de flores que luego se fueron a perfumar igual cantidad de hogares montevideanos al punto que la gente decía orgullosa, mucho tiempo después, cuando los pétalos estaban caídos hacía ya meses, las flores marchitas, estos pétalos, estos que ves acá, así como los ves, son pétalos de los jazmines del Salvo, de cuando el Salvo cumplió 100 años, yo estaba ahí, y muchas veces era verdad pero muchas otras veces no, porque fue lluvia y diluvio pero tampoco la pavada, pero como nadie podía dar la certeza en igual medida cualquiera podía mentir y no pasaba nada, entonces al final lo que cayó no fue un gato, ni un suicida, ni un pulpo de cemento, sino un jazmín, millones de esa flor tan hermosa y tradicional por estos lares, millones pero uno en concreto, específicamente uno, que suena mucho más lindo y poético, y un jazmín no puede partirle la cabeza a nadie porque no pesa casi nada, un jazmín, un pétalo, este, convertido en marcalibros, como tantos otros que salen a recorrer el mundo contando la historia de un edificio, de un día de furia si es que fue furia, de una centenaria lluvia de jazmines, millones de pétalos, uno, este marcalibro suvenir de exportación, recuerdo típico y turísticamente ineludible, millones pero uno en particular, este, hecho marcalibro, suvenir, memoria, marchita pero memoria, dudosa pero memoria, sueño, deseo, recuerdo imborrable de una lluvia imborrable, del aniversario secular del edificio ícono, de un palacio, del palacio de la ciudad, ciudad a salvo, palacio a salvo, salud, por cien años más.

















26 ene. 2017

Breve cuento infantil con final feliz(*)

Había un avestruz, comiendo perdiz.

(*) No apto para perdices

8 dic. 2016

El loco la picó

Era innecesario. La patadita de atrás estuvo de más. Es cierto que el flaco se le iba por enésima vez y que contaba en su haber con dos caños y una pisada como la de Pereira contra los alemanes, pero nada iba a cambiar el resultado. A lo sumo podía evitar un gol más, la lotería, que les llenaran la canasta.

El toque fue sutil. Como un mimo. Casi cariñoso. Su botín izquierdo tocando un pie del flaco dribleador, un puntero de los de antes con un cohete entre las patas. El roce fue bastante suave, a diferencia del revolcón.

Después fue todo una nube. Primero una nube de polvo por la caída en aquella cancha pelada y reseca. Después una nube de palabras, improperios, insultos varios y empujones entre jugadores que vestían dos camisetas distintas. Entonces un escupitajo, una piña, dos, tres, veinticinco, patadas, corridas, zancadillas como boleadoras, aterrizajes forzosos, leña del árbol caído.

El loco la picó. Al pedo. Mal. Porque no hay faul que valga una generala, un labio roto, un ojo en compota, una calentura masiva.

Hasta sus compañeros le dijeron, después de hacerle el aguante a guantazo limpio, que le había errado el bizcochazo. Que sabido es que hay patadas justificadas, suelazos más que válidos, pero con cierto criterio, que tocar de atrás a alguien en carrera es lío seguro.

Que mejor hubiera sido un codo en un corner, un tranque resbaladizo dejando la pierna hasta donde se dobla la media, una buena pisada al descuido en el centro del empeine. Pero tocarlo así de atrás no, que eso lo había visto hasta el ciego de 18 de Julio y Yaguarón, que le pareció grosero al mismísimo Cucuzú pasado de copas, que no lo iba a defender ni un abogado de oficio y que tenía que pagar varias cervezas para subsanar medianamente la cagada.

El problema es que todos pensaron que aquello era fútbol, que era una acción de juego a partir del desarrollo del propio juego.

Sin embargo, el fútbol es mucho más que un deporte colectivo con dos cuadros, una cancha y una pelota. Es más que sabido. El fútbol es parte de la vida. Como es parte de la vida que tu mujer te meta los cuernos, que te echen del laburo, que estés caliente por no llegar a fin de mes o que te coma la rutina.

Entonces claro, el flaco te hace un caño, otro, te la pisa como Pereira a los teutones en su casa, se te va por enésima vez y ya no es el flaco, es tu jermu, tu jefe, la cuenta de la luz que se va al carajo en invierno, el hijo de puta del vecino que pone la música al mango a cualquier hora, el ómnibus repleto a la vuelta del trabajo, mil cosas, la vida misma.

Y el flaco otra vez una pisada, un enganche, un amague, una pared, entonces no le pegás al flaco, rozás la rutina, acariciás la vida, como zonceando, sin brusquedad, una palmada casi, un tirón de oreja, un “aflojale” al vecino, una expresión de deseo, un “ojalá esto cambie”, que achique un poco, el flaco y la vida, sin maldad, casi con cariño pero sin pedir permiso, una tregua, un minuto de tiempo como en el básquetbol, una siesta sin discutir, un aguinaldo que no esté comprometido, una botella de agua en medio del partido cuando hay un sol del carajo, una bocanada de aire mientras la pelota anda lejos, algo equivalente al breve instante en que se recupera la pisada después del revolcón de una ola en alguna playa de Rocha.


Porque él bien sabe que si mañana se lo llegara a encontrar en el ómnibus camino al trabajo le explicaría, le pediría un sentido perdón y el flaco lo entendería. Le daría la mano, porque las cosas que pasan adentro de una cancha de fútbol quedan ahí, en el rectángulo de cal, a diferencia de las cosas de la vida, que pasan de un lado a otro de la línea blanca sin pedir permiso, sin decir agua va y de repente tocan el tobillo de un flaco que no tiene nada que ver, salvo los caños y las pisadas, entonces se arma el borbollón, la trifulca, el entrevero patrio, los golpes, la vida misma y ahí no arrugue que no hay quien planche.

22 oct. 2016

Ramblear

Ramblear (derivado de Rambla): Disfrutar de la rambla montevideana. Estar o pasear por dicho paseo marítimo; particularmente en compañía y tomando mate o cerveza.

30 ago. 2016

Donde no hay nadie

Para ordenar la cabeza tenía que ordenar antes las cosas. No había otra forma. Nunca la hubo. Primero lo primero. Orden requieren las cosas. Lo secundario antes que lo primario.

Para que la cabeza se dedique a lo trascendente debían estar todos los objetos en su lugar. Y los objetos, es decir las cosas, era muchos, en cantidad y calidad. Cosas guardadas, libros terminados, papeles transcriptos. Demasiado para uno solo, para una jornada normal o varias.

Hay que aprender a deshojar la margarita. De una buena vez. Y apagar las luces de las habitaciones donde no hay nadie.

Ardilla ardilla


Como ardilla corriendo en la rueda. Ardilla en su habitáculo. Ardilla. Contar minutos, quemar calorías. Ardilla. Contar calorías, quemar minutos. Transpirar un poco, sumar minutos y calorías. La ardillita corre en su ruedita. Ardilla. Sudar bastante, cansarse, ocupar el cuerpo y la mente. Ardilla que corre. Mente en blanco, mente taponada o mente que piensa. Segundos, minutos, horas. Metros, cuadras, kilómetros. Ardilla piensa bellota. Ardilla, bellota, cuerpo. Ardilla corre. Calorías, minutos, kilómetros. Ardilla se agota. Tirarse a descansar. Ducha, whisky, relax y chau. La ardillita corre en su ruedita. Correr. Correr. Ardilla. Correr. Correr. Cansancio. Meta cumplida. Ardilla hecha sopa. Premio y descanso. Bebida para ardillas. Almohada para ardillas. Despertador, ropa, café, puerta. Arriba, ardilla.



El hombre iba apurado, camino al trabajo. Despertador, ducha, café y a la lleca. A diario el mismo camino, los mismos pasos. En su apuro cotidiano, a cuadra y media de la boca del metro, tuvo que desacelerar mínimamente su andar. Pero casi nada. Apenas una fracción de segundo. Sólo hacer un paso más corto y refrenado para evitar colisonar con una mujer que venía caminando noventa grados a babor.

Con esa minúscula variación evitó el choque. Mentalmente se felicitó por la precisión, pero luego no tanto. Enseguida una sensación extraña, algo así como un deja-vú, pero en verdad era un recuerdo. Simple e imborrable.

Algunos pasos después el hombre recordó. El día anterior, mismo horario, misma esquina, misma mujer, mismo gesto ínfimo de desacelerar el paso para evitar, casi milimétricamente, el mismo choque.

Ardilla.

Ardilla.

30 jun. 2016

Definición de felicidad

Felicidad
dos puntos
estar con ustedes

26 jun. 2016

Oportunidad perdida


-Soy la creadora de este planeta y sé de extraterresteres- dijo la voz del otro lado del teléfono. La sorpresa se hizo silencio de un par de segundos.
-Señora... por favor.
-No, es en serio- insistió ella.
-Señora...
-Se lo juro que es verdad, puedo contarle muchas cosas.
-Gracias por llamar.

25 jun. 2016

Ola

Como cuando viene una ola grande e inesperada y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca y te revuelca, interminable y te revuelca, casi ahogado y te revuelca, casi muerto y te revuelca, sin piedad y te revuelca. Así, más o menos así, es tu adiós.

4 ago. 2015

Etés

Los extraterrestres
en realidad
son fantasmas graciosos

los chistosos de la clase
que juegan con nosotros
y se hacen pasar
por seres de otro planeta

 o viceversa

capaz

los verdaderos extraterrestres
son eso
literalmente
precisamente
eso
que dice la palabra que los nombra

seres fuera de este planeta
de nosotros
de este tiempo

son unos fantasmas
los extraterrestres

17 abr. 2014

Cielito buzón

Corría el año catorce
la gran guerra comenzaba
y un quince de febrero
la naranja bostezaba

Ay cielo, cielito que sí
cielo de un bar de antaño
donde un día nació la IASA
acodada en el estaño

Sud América fue el nombre
y buzón tocó de mote
esto por la camiseta
que fue medio de rebote

Cielito de mandarina
cielo ocaso despacito
como Holanda y Cobreloa
o yema de huevo frito

Dicen que no había otra tela
y tocó el color en gracia
vaya suerte que tuviste
camiseta de la IASA

Cielo viejo, cielo nuevo
cielito de Villa Muñoz
el barrio tuvo su cuadro
y el cuadro tuvo su voz

Bandera con corners negros
bandera de piel naranja
es la más linda de todas
las que se ven en la cancha

Cielito soy de la IASA
ay cielo de puro pedo
por culpa del tío Pablo
que era amigo del golero

Recuerdo un ómnibus viejo
algo el camino de entrada
y si fuerzo la memoria
no me acuerdo de más nada

Cielito del Parque Rodó
cielito hasta el Parque Fossa
el ciento noventa y nueve
para ver a la gloriosa

Así como uno fue y vino
el cuadro subió y bajó
los años fueron pasando
y la naranja subsistió

Cielito cielo que sí
ay cielo de los buzones
en la tribuna alguien grita
quiero goles, quiero goles

Con un siglo de existencia
la IASA volvió a primera
veremos cuanto nos dura
este sueño en la catrera

Cielito digo que no
cielo no a la terrajada
la camiseta es sin franjas
y todita anaranjada

Si un día no deseado
toca fútbol sabatino
tortafritas en el Fortín
y después un rico vino

Allá va cielo y más cielo
cielito en la retirada
ya se termina la tinta
y se acaba la pavada

Que viva la naranjita
que aguanten los corazones
pobres ricos poderosos
vamo' arriba los buzones

17 may. 2013

Alegría


-¡Qué alegría volver a verte!- dijo el muchacho en voz baja. La morocha que estaba sentada a su lado, que no se había ubicado ahí por casualidad, sonrió al sentirse destinataria de la frase.
Unos metros más adelante la pelota naranja voló al aire. La camiseta rojiblanca estaba en cancha. Un nuevo campeonato; la esperanza de siempre.  

6 abr. 2013

Fue


Por lo demás, todo bien. No existió la insoportable calentura de siempre por buscarlas veinte veces sin que aparezcan por ningún lado. Metí la mano en la mochila y agarré las llaves de primera. Los gurises de enfrente no estaban armando quilombo, como de costumbre. Al llegar a la puerta de casa noté que el vecindario estaba tranquilo. La temperatura era agradable para caminar. Volviendo del trabajo no me detuvieron demasiados semáforos. Hoy fue un día de suerte.

24 nov. 2012

Hospital Maciel


-¿Le juego una carrera?- le dijo cuando se encontraron frente a frente en el pasillo del hospital.
-Mmmm…
El desafiado no estuvo seguro de la idea, así que guardó silencio.
-¡El que gana se lleva el bastón del otro!- dijo el primero volviendo más interesante el asunto.
El desafiado siguió avanzando. Esbozó una sonrisa cuando se cruzaron, pero no aceptó la apuesta. Lentamente se fue alejando, apoyado en un reluciente bastón canadiense.
El otro, el desafiante, el divertido, también continuó su camino, apoyado en un viejo y gastado bastón de madera; sonriendo por la picardía o frustrado por la negativa.

25 ago. 2012

Lunufar

Lunufar (de la expresión: ¡ufa, mañana es lunes!): Protestar porque se termina el fin de semana y al día siguiente hay que volver a trabajar o estudiar. Por extensión, cualquier manifestación realizada en ese mismo sentido, aunque no necesariamente un domingo (por ejemplo un feriado o el último día de las vacaciones).

6 dic. 2011

Orden

Alguien hunde su mano en un tarro de basura

revuelve
busca
y encuentra

consigue su alimento

A su lado pasan dos policías

conversan
caminan

no hay nada que hacer
todo está en orden

conversamos
caminamos

27 sep. 2011

El perro pararrayos

Según cierta tradición popular, cuando un rayo se aproxima a la tierra y tiene como únicas opciones un perro y un niño, se decanta por el que tiene rabo. Pero en ocasiones el perro es ágil y le dan los reflejos para esconderse, por lo cual los árboles quedan como quedan.

17 sep. 2011

Berch

Berch Domenech come un sándwich mientras escucha un disco de Valeria Lynch. En la pared tiene un viejo póster de Telematch pegado con cinta scotch junto a un reloj con la hora de Greenwich. Mientras come, piensa y prepara un speech para un lunch. Contará que soñó con un indio pech medio poch que lucía un maquech y se creía zarevich porque tenía un capararoch por mascota atado a un inmenso crómlech. Berch se distrae imaginando a la mina de Baywatch con una camiseta apretada del Bayern Munich. Se da cuenta que es too much entonces toma flores de Bach para llegar mejor al lunch. Posiblemente, Berch es kitsch.

16 sep. 2011

Geoanagramas III

MALAGA, la maga
MONTEVIDEO / Te vi demonio
BARCELONA, no le cabrá.
LORCA = calor
ESTOCOLMO- Temo locos; se coló Tom.
Solo OSLO
Pisar PARIS
GRANADA agranda
Grapa PRAGA
Ok, tío… TOKIO
Labios LISBOA
MEDITERRANEO: tierra de Nemo.

8 sep. 2011

Erre lo erre

-Estamos rallando lo inrayable.
-¿De qué hablas, Willis?
-Que con tus sinapsis defectuosas estamos llegando al límite tolerable de la pavada.
-Te entiendo.
-¿Entonces? ¿Qué pensás hacer?
-Fideos solos no como. Vos hacé lo que quieras.

17 ago. 2011

Otra velita

De nuevo cumpleaños y la pelota en la casa de doña María. Tiempo de hacer balances, soplar velitas y soportar tirones de oreja. Entonces uno se pregunta qué aprendió hasta ahora. Las preguntas se repiten y mecánicamente las respuestas también.
Nombre antiguo de la nota musical do: ut. Llevar a remolque una nave por medio de un cabo: atoar. Carbón hecho con huesos de aceituna: erraj. Matrícula de Mozambique: Moc. Ría de Galicia: Erosa. Ciudad de Caldea: Ur. Río suizo: Aar. Tierra sin cultivar ni labrar: erial. Ternero menor de dos años: eral. Disco heráldico en los escudos: roel. Departamento de Francia: Ain. Bóvido extinto o bisonte extinguido: uro. Indio de Tierra del Fuego: ona. Islote del Mediterráneo: If. Rutherfordio: Rt. Wolframio: W. Río de Siberia: Obi. Antigua lengua provenzal:oc. Ave trepadora americana: ani. Piojo de las gallinas: ina. Padre de Matusalén: Enoc.
Entonces uno concluye que por más limitado que sea, todos los años se aprende algo. La de los indios de Tierra del Fuego al menos.

5 ago. 2011

Zambullida bolada

El ascensor no funcionaba y terminó llegando al subsuelo donde estaba la parte de la cocina del hotel donde quedaban a la vista todos los recipientes con los restos de la comida. Un asco. Como no podía salir de ahí en ascensor fui subiendo por las escaleras sucias. Me crucé con un par de pubs decadentes (que ahora recuerdo con total definición pero no vienen al caso o sí pero se iría para largo la cosa y eso no es lo mejor ahora). Después atravesé sin detenerme un patio decorado en estilo navideño, con sencillas escaleras de chapa adornadas a tono, pero todo esto vacío y sin gente. El pub con un único cliente. Con un cantante o músico actuando. Escena decadente de película igual. Luego de otra escalera voy a dar a un patio donde había un guacho que me pedía hojillas para armar. Atrás de él había una piscina. Grande. Profunda. Clara. Espectacular. Impactante. Un rectángulo enorme y del otro lado se veía el salón principal del hotel, en el primer piso. Me zambullí y lo sentí tal cual. Entré perfecto. En línea recta. Mis poros sintieron el agua. Respiré. Me desperté abajo del agua. O sea que me tiré durmiendo y me despertó el chapuzón. Estoy seguro de eso. Fue lo que sentí. Comencé a subir abrir los ojos respirar despertarme odiar estar en una cama calentita en invierno y no en una piscina inmensa incomparable vacía de un hotel inexistente una tarde en que llegaba tarde al doctor que tenía a las 15 y eran 15 menos 5 y yo estaba ahí dando vueltas en el hotel, subiendo en un ascensor que nunca terminaba de subir. En unos minutos mojando todo, apurado, para no llegar tan tarde. Cambiándome velozmente en la pieza. En seguida el ascensor subía desde recepción menos 10, un humilde servidor tomando una cerveza negra de 330 y escuchando música y mirándome en el espejo, pero el ascensor no funcionó y siguió hasta el último piso que estaría en la eternidad por lo que demoró y la velocidad que agarró. El sueño recurrente del vértigo. O sea subir muchísimo más de lo deseado y soportable en un ascensor de mierda. Que esta vez no frenó en el tercero como debía ni en el cuarto ni en el quinto ni en el sexto y en otros que no existían porque ya no había más pisos y seguía subiendo, hasta que empezó a bajar y yo tocando el 6, el 5, el 4, el 3 y nada. Pensando en volver a recepción y explicarles quejarme culparlos de mi demora previsible hace rato pero no tanto con esto del ascensor y de paso putearlos por el mal rato, pero nones, siguió bajando un par de pisos más allá de la recepción, no a ritmo de crónica roja ni accidente que va a verse a las siete y poco en los informativos, simplemente bajando como cualquier ascensor con la diferencia de que se abrió una sola vez, cuanto tuvo ganas, es decir al llegar lo más abajo posible, en una habitación sucia e inmunda que resultaba ser la peor parte de la cocina de un gran hotel. Me desperté y como tantas veces sentí ganas de ir al baño, pero en invierno qué molestia vestirse, calzarse, mucho frío este invierno, mucho gélido, demasiado, pero no había otra así que fuí y aproveché para enjuagarme la boca, refrescarme, beber agua, enjuagarme la sequedad y me vinieron unas ganas hermosas de escribir un sueño, contarlo tal cual, bien fresquito él, al menos este que sí me acuerdo y se puede, este que terminó en zambullida, que tal vez fuera sugerido por el agua de la piscina o por el pichí que golpeaba la puerta o la sed que clamaba y a seguir después durmiendo aunque pase un ómnibus ruidoso que por la poca luz que entró al cuarto todavía falta un rato para la hora de levantarse y hay que aprovechar la bolada.

1 jun. 2011

La inzoolación

Cuando la muchacha de la panadería vio que por la vereda iba un coatí se sorprendió, pero no tanto como para dejar de despachar a la señora que le había pedido docena y media de bizcochos la mayoría salados. Cuando un leopardo muy manso se paró en la puerta, sí. Ahí pegó un grito de esos que uno no sabe que tiene.
El felino la miró sin el menor apuro. Hociqueó un instante y avanzó un par de pasos. Con la cabeza despejó las cintas plásticas multicolores que colgaban del marco de la puerta. La señora de los bizcochos dejó caer el abanico que llevaba en sus manos y empezó a persignarse a medida que su rostro iba adquiriendo una tonalidad similar a la del papel de calco. Luego de medio minutos de mutua contemplación el leopardo giró más o menos 180 grados y retomó su paseo por la acera sur de la avenida.
La muchacha y la señora se miraron sin entender nada. Asustadas, pero mucho menos que unos segundos antes. Transcurrió un minuto eterno, entonces la más joven se animó a caminar la distancia que la separaba de la puerta y se asomó. La valiente señora la siguió un paso detrás; se le pegó al cuerpo cuando sus ojos no podían dar crédito a lo que veían.
Por allá un tucán volaba alejándose en dirección noreste. Una pareja de rinocerontes iba trotando a mitad de cuadra, a la altura de la ferretería, de donde acababa de salir un carpincho.
Sin animarse a poner su auto en marcha, un señor gordo cuarentón presenciaba azorado, sudoroso y cagado hasta las patas, cómo un león husmeaba la ventana de la puerta del o la acompañante. A lo lejos papá jirafa, mamá jirafa y la jirafita comían hojas de un árbol muy alto y viejo.
El kiosquero era otro que rezaba. Aunque lo suyo no era para tanto. Metro y medio hacia su derecha un avestruz miraba extrañado el expositor de revistas repleto de culos y tetas despampanantes, que se correspondían cien por ciento con la definición que da el diccionario del adjetivo antedicho.
Algo más allá, en mitad del asfalto, un ómnibus intentaba poner distancia con el elefante que tenía al lado. Pero lento. Muy lento. Cosa que el animal no fuera a molestarse ni ponerse nervioso como la señora de los bizcochos, que raudamente salió de la panadería para meterse en su edificio pero la jugada le salió mal, pues una anaconda de casi seis metros de longuitud se le interponía en el acceso. O sea que nerviosa como pocas enfiló hacia atrás y antes de regresar a la panadería arrojó la bolsa de bizcochos para entretener al par de cebras que se venía acercando.
Desde un balcón de la vereda de enfrente un muchacho y un niño -presumiblemente hermanos- observaban extrañados y divertidos cómo un pequeño koala avanzaba por el centro del pavimento, seguido de una hiena y cuatro flamencos.
El hipopótamo se entretenía golpeando la parada de ómnibus, moviéndole el piso a un par de lechuzas que desde allí seguían los acontecimientos. Diez o quince metros más allá unos mandriles se empachaban de maní y garrapiñada, mientras un grupito de monos tití atacaban las decenas de bolsitas que el caramelero había dejado en su rauda huída.
La puerta del zoológico estaba transitada, aunque nadie pagaba entrada. Más bien nadie entraba. Todos salían. Animales más que nada. El boletero guarecido en su puesto hacía todo lo posible para que nadie notaran su presencia. Hacía todo lo posible. Es decir nada. Sólo miraba para registrar en su mente lo que estaba ocurriendo.
A los 20 minutos apareció un chimpancé portando el llavero que tenía las llaves de todas las celdas. Cosa que debería tener y cuidar el guardián. Como si fuera oro. Ese y todos los días. Aunque llueva o truene. Aunque haga un calor de morirse. A toda hora. Mañana o tarde. O pleno mediodía como era el caso. De una jornada bochornosa como era el caso. En la que el despertador no había sonado y el guardián salió de su casa a las apuradas, sin percatarse que se olvidaba del gorro que le protegía la calvicie prominente.
Justo ese día. Plena canícula. Terrible calor. Un sol que rajaba la tierra. Pero el trabajo es lo primero. A pesar del calor. A pesar del dolor de cabeza, el sopor y la piel hirviendo. A pesar de las náuseas y los vómitos, aunque para entonces el guardián entendía poco y nada.
Luego fueron las convulsiones, el corazón y el golpe contra el piso. Y después el chimpancé, que de tanto ver todos los días lo mismo, tenía claro para qué servía ese montón de fierritos.

30 abr. 2011

El gato desapareció cuando vino el circo

El gato desapareció cuando vino el circo. Las monedas cuando levantaron el plato sin ñoquis. La Atlántida cuando subió la marea. La lapicera Parker cuando invitamos al cleptómano de tu hermano. El marido de tu hermana cuando ella se enteró que era una cornuda. El charlatán cuando las papas queman. El Barrio Sur cuando vino la piqueta fatal del progreso. La merca cuando alguno vio que quedaba poca. Una parte de Hiroshima cuando cayó la bomba. Los de la mosqueta cuando divisaron un patrullero. El café cuando quise darme cuenta. La ilusión cuando pitó el juez. El circo cuando se acabaron los gatos.

25 feb. 2011

El niñochancho

Había una vez un niño muy pero muy cochino, que de tan cochino terminó siendo cochino un poco y el resto niño. Más o menos mitad y mitad. El tema es que no aprendió la lección. No escarmentó y siguió siendo terriblemente cochino hasta el punto de convertirse en cochino casi del todo. Entonces de niño sólo le quedó el nombre y unas ganas locas de hacer castillos de arena en la playa cuando iba con sus dos hermanos.
Pero con las manos de cochino que le salieron -si se les puede llamar así- llegó un día en que no podía agarrar bien la pala ni el rastrillo ni el balde de plástico. Mucho menos los moldes con forma de caballito y estrella de mar que tanto le gustaban. Amén que mientras pasaba las de Caín intentando asir la pala, las demás personas que había en la playa lo observaban como un bicho raro, como si nunca hubieran visto un hombre lobo, un tigrón o un ligre, que es muy parecido al tigrón.
Recién ahí el niño ya no tan niño se arrepintió de ser tan cochino tan chancho. Se arrepintió de no cortarse las uñas, lavarse las manos, mojarse la cara, cepillarse los dientes, atarse la moña, peinarse para un costado, peinarse para la foto y todas esas cosas de niño limpio que puede jugar en la playa con pala, rastrillo, balde de plástico, moldes con forma de caballito y estrella de mar para después recuperar energías merendando leche con cocoa y galletitas con dulce de membrillo.
Por sucio se había transformado en un (casi casi) completo cochino. Un (casi) verdadero chancho. Y ocurrió que a los ocho años de edad, un soleado domingo 11 de noviembre, en lugar de ir al Parque Rodó a andar en la rueda gigante terminó pasado a cuchillo para ser en parte chorizo, en parte costillita de cerdo, en parte panceta y todo así. Cero desperdicio. Exquisito, para qué negarlo. Algo que años atrás no era la idea de su adorable padre ni de su santa madre, pero como bien sabemos, a todo niñochancho le llega la fecha que indica el santoral y donde manda capitán no manda marinero.

13 nov. 2010

La cura y la enfermedad

Algunos quieren
pero no pueden
tapar el sol con las manos
y en su intento
sacrifican países
vidas
recursos
tiempo
muchas vidas
cada vez más

incluso negocian
se ensucian
maquillan
se dejan corromper
o juegan a dos puntas
son partes de la farsa
de la ilegalidad
que tanto conviene

En el mejor de los casos
si es que son honestos
son cómplices
de la sangre
y del sinsentido
que quieren imponer

nueva ley seca
militarizada
multimillonaria
con tantos ceros dando vuelta
la tajada
debe ser grande

Todo
por intentar un imposible
nueva ley seca
tapar el sol con las manos
con las armas
con la sangre
con millones
que aumentan las ganancias
de los que están en el negocio

exceptuando
claro está
los que pierden
que son los mismos
de ambos lados
otra vez
pobres uniformados
pobres de riqueza efímera
de poder pasajero
pobres que ponen
lo principal del negocio

Una vez más
se repite la piedra

la cura
sigue siendo peor
mucho peor
que la enfermedad

y la sangre
siempre es la misma

5 nov. 2010

Sopa de letras

Con frío es mucho mejor, pensaba el señor a la vez que dirigía una tras otra cucharada de sopa caliente hacia su boca. Cenar algo con bastantes centígrados en invierno siempre es gran cosa. Más si el caldo está rico y en él flotan unas simpáticas letritas amarillentas de un centímetro de largo por medio de ancho.
El problema no fue la sal, ni la carne que acompañaba la preparación, sino lo que vino a pasar después; mientras el hombre sorbía sin demora para que no se enfriase el contenido de cada cuchara en particular, ni el del plato en general.
Una vez dentro, las letras se juntaron y acomodaron de cualquier manera. Primero en la boca formando un monosílabo a las apuradas. Más adelante una palabra de mayor extensión en la garganta -que se presta para eso-. Ya en el estómago alguna que otra frase.
Pero hete aquí que el hombre no era muy letrado, así como tampoco las letras eran muy organizadas. Por lo tanto el contenido fideístico del plato de sopa caliente terminó siendo un texto sin sentido. Malo. Incongruente. Con errores de sintaxis y faltas de hortografía peores que las de gurí chico que presta cero atención en clase. O sea que si bien la sopa estaba rica rica, al rato terminó siendo una cagada.

...

A pesar de la experiencia vivida al señor le seguía gustando la sopa. Como el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra e incluso está eso de que al que no le gusta sopa, dos platos, sucedió que la noche siguiente, como hacía más frío que el día anterior y la sopa caliente es buena, el señor en cuestión, pasando por alto lo ocurrido 24 horas atrás, prendió la hornalla más chica de la cocina y recalentó la sopa que había sobrado.
Cuando estuvo humeante, apagó el fuego y se sirvió un buen plato. Ésta vez el comensal sorbió más despacio, con cuchadadas menos llenas, intentando no repetir lo ocurrido la noche previa.
Fue acertado el cálculo del hombre, pues las letras primero y las palabras después se fueron juntando de una forma muy destacada, lo cual hizo que el hombre quedara orgulloso de su plan. A raíz de esto fue y le mostró el resultado a un vecino de confianza, buen lector, experto en literatura tanto nacional como extranjera, tanto contemporánea como clásica y le pareció muy bueno aquello. Con gran alegría el comensal empezó a recorrer el barrio dando la buena nueva de su creación literaria.
En eso estaba cuando al otro vecino -el versado en letras-, le comenzaron a sonar conocidas todas esas palabras que acababa de leer. Así, tal cual estaban. Tan ordenadas. Tan compactas. Tan sin faltas de ortografía. Tan, que cayó en cuenta que aquello le resultaba familiar porque se trataba de unos versos de un gran poeta de otras tierras.
Entonces acusó de plagio a su vecino tomador de sopa y al rato ya se había enterado todo el barrio, que esas noticias es sabido que corren como reguero de pólvora. Incluso la prensa se hizo eco del hecho, pues siempre hay algún espacio para este tipo de sucesos.
En el vecindario nadie lo terminaba de creer. Todos lo tenían por buen vecino: saludaba, sacaba la basura en hora y cruzaba la calle en la esquina. Pero sin duda él lo había hecho. Era culpable. Unos versos muy lindos, pero ajenos.
Sintiéndose siempre observado, el hombre cayó en una depresión y no levantó cabeza. Nunca más compartió sus versos con nadie. Ni tomó sopa. El segundo plato terminó siendo una gran cagada.

18 jul. 2010

La mosquita que no se dejaba matar

Había una vez una mosquita tan pero tan poco mosquita que se escabullía de la mano que quería terminar con ella.
Se ve que a esa mosquita, ni su papá mosquito, ni su mamá mosquita, ni ninguna otra mosquita adulta, le había explicado que como buena mosquita que era se podía escapar una vez, dos, a lo sumo y siendo muy buenos, tres, pero no más. Porque nunca dura tantos intentos de eliminación una verdadera mosquita, ha no ser que no sea una mosquita sino otro tipo de insecto todavía desconocido para los especialistas mundiales en mosquitos y que en verdad no es pero se parece bastante a la mosquita de morondanga que todos conocemos, esa que no dura más de dos intentos, a lo sumo tres.

7 jul. 2010

Cómo fue soñar

Uruguay no será el próximo campeón del mundo. Si alguien hubiera leído esta frase hace algún tiempo no le hubiera generado demasiado. Como mucho sorpresa ante una idea tan absurda.
En verdad no fueron muchos días. Mientras duró el Grupo A era una sensación lejana, aunque no nos podíamos quejar. Es probable que al tercer partido alguno se empezara a ilusionar. Vimos que los cruces posibles podían no ser muy complicados y prendimos una vela.
Luego llegó el turno de Corea del Sur y ahí sí comenzó la ensoñación. Empezamos a creer que los astros podrían estar de nuestro lado. En una de esas se alineaban todos los planetas y quién te dice.
Entonces vino Ghana y ese partido que sabemos de memoria. Desventaja. Empate. Alargue. Penal sobre la hora. Qué pena que termine así. Penal y palo. Penales y fiesta. La avenida 18 de Julio repleta.
Ahí comenzó la parte más febril del sueño, que duró hasta el último segundo del partido frente a Holanda. Horas que se hicieron eternas pero también disfrutables. Había algo celeste que lo teñía todo. Fútbol hasta en la sopa. Nadie habló de otra cosa por varios días. Solo fútbol. Todo celeste. Una esperanza con puntos suspensivos: “y si llegamos hasta acá...”
Ahí pasó lo que pasó. Nos despertaron de tres naranjazos. Se vendió cara la derrota. Les costó, pero se terminó el sueño. Despiertos ahora, los días vuelven a ser como antes. Hoy llueve -por ejemplo-, pero valió la pena.

6 jul. 2010

El ombú

De niños todos queríamos tener una casita en un árbol. Para esto no había nada mejor que un ombú, árbol grande e intrincado si los hay. Por eso cada vez que íbamos al parque aquel ombú era nuestra casa por un rato. Era sin ninguna duda una vivienda muy divertida e inmensa. Mejor imposible. Ser el primer niño en llegar a él era una bendición. Una alegría egoísta.
Pasaron dos décadas y el ombú sigue siendo el mismo. Es un árbol aguantador y longevo, como muchos de su especie. Por su parte aquellos niños ahora son adultos. Ya no están como para treparse y jugar como hacían 20 años atrás en esas mismas ramas gordotas. O sí, pero poco importa. Porque aunque quisiesen, no podrían.
Ahora ese ombú es la casa de otros niños. Todo el día. A horario completo. Ahí viven con sus padres, un par de perros, un sillón destartalado y esos colchones que cada tarde ventilan al sol. Ahí juegan, también. Seguramente para envidia de otros niños, que saben bien que para tener una casita en un árbol, nada mejor que un ombú tan grande e intrincado como ese.

9 may. 2010

Shhhh

Hoy
las palabras no alcanzan

Esta noche
cuando se apaguen las luces
cada uno
va a llorar en su cama

11 feb. 2010

Versión de Aladino

El panadero volaba blanco, dócil y estirado como todos los de su tipo, atravesando la ciudad sin mayores miramientos. Una madre lo atrapó cuidadosamente cuando este paso delante suyo. Se detuvo y le explicó a su hija -a quien había ido a buscar a la escuela minutos antes-, que aquello era un panadero y que siempre que viera uno podía agarrarlo, pedirle tres deseos y luego con un soplo ayudarlo a retomar su camino.
-Dos pan con grasa y una margarita de crema- dijo rápidamente la niña, muy segura de lo que estaba haciendo.

10 feb. 2010

Se sabe

Despertó dormido y como autómata se sentó al borde de la cama. Segundos después se paró y dió algunos pasos hacia la escalera, que dos o tres metros más adelante lo esperaba para permitirle el acceso al piso inferior de la casa, tránsito imprescindible para ir al baño aquella fría madrugada en que la vejiga lo había desvelado ordenándole ir prontamente hacia el guater más próximo.
Anduvo un par de pasos más y se sorprendió, al extender su brazo derecho, por no tocar la pequeña mesa que siempre tanteaba en este tipo de ocasiones. -Hoy los pasos no habrán sido tan rectos como de costumbre-, dedujo.
Con lentitud se movió lateralmente en búsqueda de la mesa que debería estar allí, pero no tuvo suerte. Entonces pensó que tal vez los pasos habían sido más largos de lo normal, por lo cual ya estaría cerca de la empinada escalera.
Con todo el sueño del mundo dentro de su cabeza, tomó las precauciones del caso. Si no tocaba la mesa era porque ya la había pasado, supuso. Avanzó unos centímetros y estiró el brazo hacia adelante, pero tampoco alcanzó a dar con el trozo de pared que cubría en parte la abertura hacia el piso inferior. Eso podía significar que adelante suyo, a centímetros, podía estar el agujero de la escalera. Ante tal posibilidad, el hombre giró algunos grados hacia la izquierda y luego fue un poco más hacia adelante. Alargó el brazo y no tocó nada. No tocó puerta. No tocó pared. No tocó mesa. Tampoco podía tocar otra cosa.
Giró un poco más y se movió apenas hacia el costado derecho. Ahora los movimientos eran casi milimétricos; el abismo de la escalera podía estar ahí.
Pensó unos instantes y estimó que tal vez no se había levantado a la altura de la cama en que lo hacía normalmente. Otras posibilidades eran haber equivocado en algo la dirección, el ángulo de sus pasos, o que estos hubieran sido más cortos o más largos que de costumbre. Hizo un pequeño giro, un paso corto hacia su izquierda y la situación continuó incambiada. Volvió a girar y anduvo mínimanente hacia adelante. Nada.
Precavido, retrocedió unos veinte centímetros. De inmediato estimó que esa distancia, después de tantos movimientos, podría haber sido alejándose de la escalera -tal como deseaba- o acercándose a ella. Aunque no hacía ni un minuto que había despertado, ya no recordaba la vejiga hinchada, dónde estaba la cama, ni para qué estaba parado. Semidormido, sintió miedo y no se animó a moverse para ningún lado. El temor por dar con el agujero de la escalera empinada y precipitarse hacia el piso inferior, lo inmovilizó. Sabía que trastabillar y caer por la larga y empinada escalera era golpearse de lleno contra la contundente pared de piedra del patio de la casa.
Asustado, se agachó hasta sentarse en el piso. Abrazó sus pies plegados pegados contra el pecho y se dispuso a esperar. En eso sintió que unas gotas de orín le mojaban la entrepierna. Intentó no moverse y mientras tanto recordó, como consuelo, lo que ya se sabe en estos casos, que los ojos se acostumbran rápido a la oscuridad.

27 ene. 2010

Som

Somos
el uno para el otro
llevamos años
de convivencia entrañable
aunque claro
tuvimos nuestros días grises
con tormentas
rayos y centellas
como es lógico que ocurra
a pesar del cariño
en tanto tiempo
pero más cierto es
que ganan los días
alegres y radiantes
pues fueron
abrumadora mayoría
y en ellos
compartimos mucha vida

Admirable compañera
parecía que los años
no pasaban para vos
pero sí
pasaron
entonces
no hubo más remedio que remiendos
tuvimos que sanar las heridas
cicatrizar artesanalmente
con estas manos torpes
como se pudo
como si supiera
porque otra aventura compartida
estaba en puerta

y será así hasta que dure
hasta que duremos

compañera rojinegra
con banderita cosida
con frase pintada
mil gracias
mochila querida

Feria/as

El niño tenía tres años cuando se escapó de su casa. Caminó lento y con ojos bien abiertos, no por temor sino más bien por descubrirlo todo. Doblar la esquina y continuar el recorrido fue una aventura. Llegar al siguiente cruce de calles, una proeza. Volver a torcer 90 grados a la derecha y encontrarse con una feria fue la semilla. Los cajones, las verduras en el piso, los gritos de los vendedores, las balanzas, la clientela variopinta. Completar su primera vuelta a la manzana fue una revelación. Apenas regresó a la cuadra de siempre, su madre corrió hasta él y lo abrazó llorando. Algunos metros atrás un par de vecinas comentaban la incidencia aliviadas. Él, contaba que había visto. Minutos más tarde, sentado en su triciclo heredado de algún familiar cercano, deseó pedalear hasta cansarse, para ver todas las cuadras y todas las ferias.

5 dic. 2009

Historia con pájaro

Los golpes en la madera asustaron al pájaro, que se alejó volando de la rama donde estaba parado. Minutos después, el último árbol había sido talado. La suerte estaba echada hacía tiempo. Tal vez desde los primeros años de este siglo, o del pasado, o del otro. Tal vez desde los primeros pasos.

17 nov. 2009

Elecciones

¿Compro mortadela o salame? ¿Le toco el culo ahora o dentro de un rato? ¿Doy parte de enfermo o voy a laburar de resaca? ¿Le reviro con 24 o me cayo la boca? ¿Pegamos otro o la dejamos acá?
¿Lo mando a la mierda o me aguanto en el molde? ¿Le digo que soy puto o que no la toco ni con un palo? ¿Se la pego a la altura del tobillo o en el medio de la canilla? ¿Elijo científico o humanístico?
¿Le aviso que me cobró de menos o me hago el gil? ¿Atiendo el teléfono o después le explico que no lo escuché? ¿Me hago el dormido o le doy el asiento a la octogenaria enclenque? ¿Pago el agua o la luz? ¿La tiro a colocar o lo chumbeo? ¿Prendo la radio o la tele? ¿Pido nacional o importado? ¿Simple o doble? ¿Con o sin hielo? ¿Le confieso que escribe horrible o me mando una respuesta esquiva? ¿Me rifo la revolución francesa o la industrial? ¿Baño polaco o sólo me mojo el pelo? ¿La llamo o no la llamo? ¿Pedimos la cuenta o tomamos una más? ¿Le sugiero que baje ahora o dentro de un rato? ¿Me afano la mostaza o se las dejo? ¿Voto al menos malo o me quedo en casa? ¿Mando este texto de morondanga o le doy delete?

24 sep. 2009

Receta casera

Agarre una olla grande con cinco dedos de agua, introduzca unas revistas de crucigramas y añádale una estufa de leña, una mesa de ping pong y una mochila grande. Luego incluya algunos condimentos, un toro mecánico, harina de fainá y un buen colchón de resortes. Lentamente vaya revolviendo, mientras agrega un Mambo (Rock & Samba en su defecto) y una máquina que haga café bien cargado. Una vez que tenga todo esto bien mezclado, vuelque dentro del recipiente diversos frutos secos, muebles que no junten polvo, una cama elástica y un vendedor de garrapiñada. Con sumo cuidado súmele a la preparación un buen güiscacho, una piscina grande con trampolín y tobogán, una laptop pequeña, un dormitorio con aislación sonora similar al mejor estudio de grabación y baldosas que no se manchen y absorban la mugre. Baje el fuego de la hornalla y espere hasta que la cocción empiece a mostrar la consistencia necesaria. Una vez ocurra esto, coloque alguna botellita de vino, una mesa de pool, un transmisor para radio de baja potencia y todos los vidrios autolimpiables. Para entonces el aroma de la preparación indicará que casi está lista. Es entonces el momento de agregar un flipper con instrucciones en español, un acogedor cuarto para huéspedes, un buen ajedrez, Internet las 24 horas, mandarinas, un solo ropero y sandía a discreción. Caliente a fuego lento tres o cuatro minutos. Añada dos buenos sartenes, mucha música, microondas y lavarropa. Deje reposar diez minutos y déle un toque de mostaza y salsa de soja. Tome un cucharón de madera y vuelque todo el contenido sobre un plato de vidrio transparente. El sueño de la casa propia, está servido.

19 sep. 2009

La odio

Odiar
verbo feo si los hay

Odiar
cosa grosa

Pero en ocasiones
muy de vez en cuando
es una realidad
y no hay que negarla

Si la odio
que se entere
aunque ella lo perciba
aunque intente ignorarla
aunque la aborrezca
con todas mis fuerzas

Que el mundo lo sepa
que ella se entere
la odio

Es una cuestión de piel
quisiera verla desaparecer
como a tanto hijo de puta
que anda en la vuelta

Que el mundo lo sepa
que ella se entere

Odio
la pe de mierda
que le ponen a setiembre

11 sep. 2009

Razón de ser

Las claraboyas no son
para que pase la luz
sino
para oír la lluvia.

21 jul. 2009

Deportivo rojo

Comenzó a notarse
hace algunos meses
y ahora
es un hecho
culo veo
culo quiero
que en esta Montevideo
almanaque 2009
todos tenemos
un pantalón deportivo rojo
liso
sin ninguna rayita
ni nada extraño
siempre
el mismo tono
no sea cosa de desentonar
y que te miren raro
por vestir un rojo distinto

Pero pobre
del que osara usar
algo parecido
años atrás
y pobre también
el que lo use
culo veo
culo quiero
de aquí a un lustro
cuando todo sea
estampado de animales marinos
nada de anfibios
ni extravagancias por el estilo.

29 jun. 2009

Viajante que pregunta

El hombre tenía una vida recargada. Para él no existían días libres ni horas muertas. Constantemente recorría el pueblo de una punta a otra, aunque cayera piedra o hubiera un sol abrazador. A veces se demoraba un poco, por cansancio, olvido o para hacerse desear. A pesar de ser enano era muy requerido en su lugar de origen. Tanto, que nunca le habían permitido irse de vacaciones fuera. Es verdad que lo trataban bien y que tenía muchas comodidades que otros vecinos no, pero era rehén de su gran valor.
Todas las mañanas se levantaba y revisaba las visitas pactadas, a las que siempre se sumaban otras imprevistas. Era como el doctor del pueblo. Cada vez que iba a alguna casa lo agasajaban con una torta o le regalaban una gallina. O unos chorizos caseros, que le gustaban mucho. En los comercios también recibía alguna atención.
Para un no lugareño era raro ver aquel liliputiense de pecho henchido recorrer constantemente las calles del pueblo, haciendo visitas a diestra y siniestra. Siempre vestido de punta en blanco. Siempre obsequiado y agradecido.
Cierta tarde un viajante que de tanto en tanto recalaba en el bar ubicado en una de las esquinas de la plaza, extrañado de ver en reiteradas ocasiones a aquel enano ir y venir alegremente de un sitio a otro, le preguntó al cantinero por el motivo de aquella rutina:
-¿Quién es ese señor?
-Ramón.
-¿Y a qué se dedica?
-El hombre -respondió el cantinero- es la medida de todas las cosas.
-¿Cómo? -exclamó el viajante.
-Sí. Mide un metro exacto.

30 may. 2009

El coleccionista

Cuando lo secuestraron estaba saliendo de una casa de remates donde había adquirido su máquina de escribir número 243. Hay quien colecciona sellos y quien colecciona retratos. Lo de él eran las máquinas de escribir. Tenía de distintas partes del mundo. Con 50 teclas y con más de 200. Con caracteres cirílicos y chinos. Mecánicas y eléctricas. Fuera de esa rara afición llevaba una vida sin mayores sobresaltos. Bastante monótona. Lo pensaban los que le conocían y lo pensaba él mismo, así que no entendía porque estaba asustado, sudando, cabeza contra el piso, en el asiento trasero de un vehículo familiar de cuatro puertas, con una mano que le sujetaba la cara en dirección al fondo del automóvil, encapuchado con una tela negra según creía recordar, y sin que le digan nada, aunque pregunte, ninguna explicación, ninguna indicación, ninguna amenaza.
Un cuarto de hora después el automóvil frenó y pudo sentir que los secuestradores además de grandes y fuertes sabían hacer llaves dolorosas para impedir cualquier movimiento imprevisto. Sus interrogantes eran ignoradas olímpicamente. Solo presión física y silencio de parte de ellos. Él sentía terror. A pesar de ello había podido hacer alguna cuenta mentalmente. Encima llevaba poco dinero, unos 200 dólares, pero estaban a disposición de los secuestradores si los pedían. También la cuenta bancaria con algo más de 8.000. Eran los ahorros para un terreno en la playa, pero ahora eso no importaba. Sin embargo los dos hombres no respondían nada a sus ofrecimientos. No parecía ser un tema de billetes, al menos por ahora. Entonces qué, pensaba, si una vida tranquila, si un trabajo normal, si una familia tipo, si ninguna militancia sindical o política, ni episodios de corrupción, ni enemigos personales, ni nada que justifique un secuestro que no sea por el dinero que no querían aceptar. Una vida de morondanga nada envidiable. La única variante a una pasmosa rutina era su extravagante hobbie de coleccionar máquinas de escribir.
Cuando lo sacaron del vehículo y lo pusieron a caminar sintió bajo sus zapatos el ruido del pedregrullo y le llegó una brisa que no era de ciudad. Sin duda estaba en algún sitio de las afueras. Solo era consciente de seis pies andando sobre pedregullo de granito rosado. Y silencio. Y miedo. Y sudor.
De pronto cuatro o cinco escalones. Un lugar cerrado que daba la sensación de ser amplio. Piso de cemento. Unos 50 pasos. Siete u ocho escalones hacia arriba. Un ambiente calefaccionado. Sintió que lo metían en algún lado, a prepo, pero como dando por terminada la tarea.
Lo dejaron caer sobre un colchón; una cama tal vez. Era el primer instante que no lo estaban sujetando. Como pudo se sentó y se percató que tenía las manos libres. Detrás suyo la puerta se cerró con violencia y con violencia sintió que la trancaban con pasador y candado.
Elevó sus manos y tocó la capucha. Temeroso comenzó a quitársela lentamente. Y lentamente fue recuperando la visión. Pudo ver que estaba solo. En una habitación vidriada; una especie de pecera del tamaño de un dormitorio grande. Se observó sentado en cama metálica, rodeado de decenas de máquinas de escribir amontonadas junto a las paredes de la habitación pecera.
Aturdido por lo que le estaba ocurriendo se paró y caminó un par de metros hacia adelante. Entonces pudo ver frente suyo un habitáculo similar al que lo tenía cautivo, con una mujer que dormía sobre una cama, rodeada de pequeños jabones. Era uno de varios, que sumados se asemejaban a un enorme reptilario. Afinó la vista y pudo leer un cartel que estaba en la base del receptáculo donde descansaba la mujer: “Victoria Montero. Coleccionista de Jabones de Hotel”.

21 may. 2009

Danger

Cuidado
con estos versos
no sea cosa
que después
necesite cremita

Ojo que queman
a veces pasa
con algunos
que uno los toma
así nomás
desprevenido
regalado
sin la protección necesaria

Cuidado con estos versos
ardientes
calientes
humeantes
que a pesar de estar sosos
desabridos
crudos
insulsos
especialmente feos
tienen
su temperatura respetable
porque están
recién
recién
salidos del horno.